Cirugía de Emergencia

Oye, tu, sí, tu: ven, méteme al quirófano.

Córtame con tu cuchillo de falsedades y rodeos, incide en mi pecho, entiérramelo. Clava con coraje, destruye mi pecho.

Puedes seguir arrancándome las costillas, sepáralas, con tus manos sin limpiar de pecado palpa y observa mi interior oscuro, enmohecido por acumulación crónica de fracasos, errores, desamores y decepciones que una y otra vez me infectaron. Revisa mis entrañas, hay lesiones provocadas por tus desatenciones, por preocuparme por ti, procurar tu alegría a expensas de la mía, a causa de amor con boleto de ida, pero que nunca compró el boleto de retorno.

He perdido el aplomo de antaño, me siento un tanto vacío y falto de interés, de ahí que quiero que sigas separando pedacito a pedacito mi cuerpo, alma y demás. Total, más partido no puedo estar.

Desgárrame, jala todo, tritura mi esencia con una pizca de mi vieja admiración por tu belleza y hazte una infusión con ella. Pruébala (no te espantes si el sabor es amargo, frío y con un dejo de nostalgia), al tiempo que imaginas cómo habría sido el gusto de aquella sustancia de haberme querido.

Finalmente, puedes apresurarte, porque la anestesia del enamoramiento se me va pasando. Diseca, aparta con violencia ese órgano rojo y palpitante, ése que alguna vez galopó al verte, pensarte y sentirte cerca: tómalo, y haz con el lo que quieras. Quémalo, entiérralo, extírpalo de raíz, no quiero que reincida, lánzalo al mar, dáselo de comer a los cuervos.

Ya no lo quiero más.

Hora de la muerte…

Carta al otro Lado de la Ciudad

Te metiste tanto en mi cabeza que quizá explote. Pienso en ti todos los días, en una gran porción de las horas en las que estoy despierto. También estás en los sueños. Para mi mala fortuna, no son sueños lúcidos. De ser así, mis noches serían fantásticas, pues haría contigo lo que ya no es posible en la realidad.

La ciudad es una extensión vasta y misteriosa, una laguna de recuerdos, un mar de pasos, extensión de largas caminatas mientras charlábamos. Edificios, muros y locales se desenvuelven en torbellino de memorias: son grabados que se quedan eternamente, no sé si me explico, pues los caminos que una vez fueron míos fueron nuestros. Irremediablemente me traen tu recuerdo, y todavía duele.

El viento me da de lleno mientras pedaleo la bicicleta y rememoro que también hiciste tuya esta actividad tan mía, andar en bici. Creo que a partir de ahí volaste lejos en mi interior, comenzaste a sincronizarte conmigo de una manera sutil y deliciosa, devorabas mis letras y mis palabras y me devuelves halagos mezclados con emociones, emociones que yo quiero que sientas, que disfrutes. Escribo para ti y por mí, por el placer de hacerlo y expresar lo que pienso y siento, siempre el camino fue de esa forma.

No quería llegar a pretensiones vastas e intensas contigo de golpe, disfruté el hecho de conquistarte, aunque perecí en el intento. Tampoco puedo obligarte a que me quieras. Mi genética me dicta a nunca rendirme (Nunca Doblegado, Nunca Roto) y a darlo todo siempre, a veces sin medir las consecuencias. Soy intenso y estoy lleno de cicatrices orgullosas, es un sello propio, una característica única, mi marca registrada. Aunque me deje la piel, los sentimientos y todo lo demás en la banqueta, no importa. Has de saber que quizá nunca te encuentres a alguien como yo. Jamás nadie te querrá como lo hice, por más que suene esto a guión barato de cheap flick. Lo mío fue elegante, verdadero, me hizo volar e inspiraste un poema, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo. Fuiste un motor increíble, una razón para despertarme todos los días y desearte una linda mañana.

Me sacabas de onda pues no respondías como yo hubiera querido. No importa, cariño; no puedes darme lo que anhelo. Yo lo di todo. Nunca me ando con tibiezas. Hago las cosas bien o mejor ni las realizo. Así en todos los aspectos de mi vida, baby.

Te quiero tanto que no puedo rechazar tu amistad. Es lo que me ofreces. Pero hoy, después de tres días, sigo sintiendo un vacío que intento llenarlo con música, con libros, con películas y deportes. Aún así el hueco es grande. Por más que excave y vierta no voy a llenarlo. ¿Cuánto tiempo voy a sentirme así? ¿Cómo te sientes tú? Quisiera que vinieras a abrazarme, a decirme que voy a estar bien. En el fondo no soy tan duro como quisiera. Pensé que teníamos algo más por explorar. Es triste, tristísimo que nadie contemple lo que veo en tu persona. Peor que tú no lo veas, pues si te dieras una vuelta por tu ser, exigirías a un hombre a tu altura, alguien que te quiera total y completamente por lo que fuiste, eres y serás. It’s a pity, honey, fuckin’ pity. De verdad, quiero que alguien te desee y admire como lo hice yo, aunque sea una pizca. Lo mereces.

Dejaré que el tiempo diluya todo esto, porque me intoxica, y si no encuentro el rumbo de nuevo, voy a ahogarme. Desconozco si pueda verte como algo menos, no ahorita. Necesito despegarme, ir cortando una por una las fibras que me unen a tu increíble ser. Te tengo en alta estima. Voy a retirarme un rato, quizá largo, de tu presencia…porque me dueles.

Que estés bien. Que encuentres un rumbo seguro. Que te protejan y se preocupe alguien por tu persona. Porque es verdad, aunque tu no lo veas: lo necesitas.

Daños

Hoy recuento los daños.
Dos heridas previas,
una que pudiera abrirse.
Quizá estoy loco,
quizá hoy nos ahogamos.
Mira con qué belleza
me tienes atrapado,
mira con qué delicadeza
me arrinconas desarmado.
El tiempo es una duda,
hojas marchitas, extrañas
un hueco para rellenar
con tu tacto que debo extrañar.
Comprende que deseo de vos
tu misterio, tu magia
pizca de tu alma;
apenas se figura tu sonrisa
y el daño ya está hecho:
cedo ante tal encanto,
¡imposible no adorarlo!
Ella es fresco fulgor 
colgándose por la mañana,
tibio roce, brillante calcomanía
adhiriéndose al campo de sol,
se derrite en la cama
y en medio de la manía
bebería de tu fuente,
adorando soles y lunas
extasiado de valles, planicies
y montañas de tu piel.
Seríamos dos locos danzantes
jugando (ser) amantes,
presas de felicidad,
lejos de inquietudes vanas,
enlodados de sensaciones sagradas.
El fuego besó tu pelo,
arde en viento
serás mi guía, tesoro anhelado,
mi joven dama, faro antiguo
Disipas dudas, miedos,
entre candiles y sombras,
iluminas castillos, recónditos
espacios del interior.
Alimentaré con devoción
tu fuego todas las noches,
levantaría altares, templos
y en el devenir de los tiempos
seré tuyo, tuyo, tuyo,
y serás mía, mía,
mía.

Descenso al Infierno

Dedicado a L. Me diste la idea, como disparo al aire, y nos cayó encima.
Subo a la bicicleta con el anhelo de que el viento se lleve mi pesar. Las dudas se van desanudando a cada pedaleada: un leve sentimiento de calma rocía mis inquietudes. Tengo un terrible presentimiento desde anoche. Ese presentimiento viene con dolor, lento, frío, y entró a mi sueño en forma de pesadilla, cual espada fría y afilada. Sólo me queda el recuerdo de mi vida escurriéndose, esfumándose, dejando hueco el espacio que deben habitar todas las almas. Si no, ¿a dónde carajo vamos al morir? Es verdad que mi vida no ha tenido muchas luces, ni las mejores experiencias. Vida gris, vida rara, difícil, que da bocanadas de aire cada vez que se presentan los problemas correspondientes a mi edad. Soy un hombre de más de 40, me comienzo a cansar más, y mi piel, pelo, todo yo, se trasmuta en un ser más enfermizo y amargado. También es verdad que soy el propio creador de mis desgracias. Hasta pareciera que las disfruto. Casi nunca olvido, exagero, me ahogo en posibilidades remotas y pierdo el piso en ocasiones vanas de amor.
El chiste es sufrir, que el dolor escurra, empape mi adelgazado corazón, infecte pensamientos, congele emociones. ¿Qué sería de la vida sin eso, sin amor? Prefiero mil veces el fracaso sentimental a la perspectiva de perderme todas estas sensaciones. Llego a la estación del metro. El paseo en bicicleta me ha dejado casi sin aliento. Decidí dejar mi Alubike aparcada en el biciestacionamiento del metro y regresar a casa caminando; de todos modos, uso el subterráneo todos los días para ir a trabajar, y al regresar por mañana por la tarde podría regresar pedaleando.
Al día siguiente no puedo levantarme. He dejado de lado mi gusto por pedalear, y con lo de ayer me duelen las rodillas…aún así, logro desprenderme de la cama. El amanecer es patético: un cortinaje gris cubre todo el cielo, sin dejar que la luz de atisbos de su presencia. Logro llegar a tiempo a la estación del metro. No dejo de percibir el calor inusitado al bajar por las escaleras: era algo fuera de lugar para la temporada invernal. Anoche me quedé esperando su mensaje, y esperando me dormí, recordaba yo, mientras bajaba al sofocante metro. La estación está vacía. Sin gente, el ambiente raya en lo tétrico. Una lámpara emite agónicos destellos intermitentes, aferrándose a ser aún útil. Sigo percibiendo el calor proveniente del túnel…el tren llega mientras pienso en la fuente de tan elevada y extraña temperatura… los vagones vienen llenos de gente, todos absortos, todos dentro de una danza sin movimiento coordinado, como una coreografía muerta. Nadie se ve entre sí ni platica, nadie interactúa; ahí adentro, a tantos metros del nivel del suelo, del aire, sus rostros son pétreos, inexpresivos, fríos y sin vida; pareciera si se hubiesen exiliado del mundo exterior por décadas…parecen cadáveres, sí, eso, sin vida: ojos sin atisbo de chispa, en emulación de hoyos negros, hundidos, signo del mayor de los miedos: la pérdida de lo más preciado. Los de aquel vagón ya habían cruzando a lo que ningún ser vivo ha experimentado con total voluntad, pues una vez que un alma se pasa al otro lado del puente no hay retorno. 
No supe cómo reaccionar. ¿Serían divagaciones mías, objeto de mi insomnio, de mi deseo por ella tan enterrado, acumulado? Mis horas de sueño eran cada vez más frugales; había leído que las personas que no duermen lo suficiente inclusive llegan a experimentar alucinaciones. La luz del vagón se va difuminando…¿acaso estoy sufriendo un desmayo? No, mi nublada conciencia todavía es capaz de sentir el calor infernal, las miradas sombrías de los viajeros…de la nada, todos se acercan a mí, gritan, vociferan, articulan sonidos guturales, desgarradores, extienden sus brazos hacia mi cara, jalan mis ropas; uno de ellos cierne sus manos sobre mi cuello, mientras intento zafarme, una jovencita de piel marchita y pelo revuelto me golpea brutalmente en el rostro. El aire se envicia, el calor aumenta, uno de ellos me muerde la mano y otro bebe sangre de una herida que apenas percibo tener…y pensar que hoy le habría dicho a ella que ya no quería saber nada más, me hubiera gustado besarla una última vez…
Aquel día extraño y frío, la policía encontró a un hombre muerto en el andén del subterráneo. Presentaba heridas profundas y putrefactas alrededor del cuello, brazos y manos. Jamás nadie supo cómo murió: las grabaciones del sistema de seguridad del metro jamás captaron la entrada del hombre a una estación, solamente apareció así, de la nada, muerto y herido. Las autoridades cerraron el caso sin culpar a alguien, pues ni el mejor forense de la ciudad pudo desenmascarar a los responsables. 

LenguajeNatural/Del Cielo

Al atardecer, el viento se mece pesado en esta época del año, como aturdido entre la espesa inmensidad urbana. Percibo que la gente camina sin detenerse, casi en automático, frenéticamente. Mientras, puedo decir que hoy definitivamente “mi condición”, como la he denominado, ha culminado. Fue repentina, como golpe fulminante, estocada mortal, sin tregua ni piedad. Comenzó hace un par de días, coincidiendo con una etapa de mi vida muy ajetreada, tan desgastante… tanto tiempo luché por ese puesto, demasiado trabajo, mucho para nada… el trabajo me absorbía. El contacto con las personas que amo es prácticamente nulo; alegaba no tener tiempo. Mi mayor interacción con el mundo era a través del smartphone y la computadora de la oficina. Y ya. Bueno, he de decir que en el trabajo convivo diariamente con personas: contratistas, jefes de personal, empleados. En ellos no hay más allá que formalidad y frases de cortesía hueca, que abrían oquedades para llenarse de contratos, cifras y firmas.

Sin avisar, ayer por la mañana empeoró. Quise saludar en las escaleras (extrañamente) a la vecina, cuando nunca lo hago. Y no pude. Una sensación de quedarme callado emergió de no sé dónde. Ella me miró, extrañada, percibiendo aquella inusitada intención. Después, esa misma mañana, al reportarme con mi jefe de piso, me quedé helado, mudo, ahí parado en la entrada de su oficina. Las palabras se quedaron atoradas en mi boca, cayendo a un precipicio hondo y oscuro, desconocido. Tampoco él supo interpretar mi silencio. Con un ademán raro de la mano me permitió marcharme.

Con terror y extrañeza, huí y me encerré en mi cubículo. ¿Qué demonios estaba pasándome? Ni siquiera un susurro, una sílaba podía extraer. Mis cuerdas vocales eran inexistentes, débiles, cortadas por un silencio implacable, sublime, ascendía por mi garganta y eliminaba de tajo una de las mejores expresiones humanas: mi voz. Presa del pánico, me encontré abriendo la ventana de mi espacio de trabajo. Sofocado, buscaba el viento, como si éste fuera el responsable de haberse robado el habla. No encontré alivio hasta salir por completo del edificio de oficinas. Aunque ya lo había intentado dentro, el viento de la calle aquella mañana era más ligero aquel mediodía y poco a poco despejó mi miedo y frustración…

Y de la nada, el sonido de los pájaros se hizo más fuerte. Los perros que paseaban con sus dueños hablaban entre sí, casi les entendía. Las hojas se mecían inquietas y alegres en sus ramas; los árboles lo agradecían. Un levísimo aroma a ozono anunciaba elegantemente una cercana llovizna. Mis percepciones estaban diferentes, que me partiera un rayo si no era así. Sin encontrar una razón aparente, tenía un deseo ferviente de ir a un parque, donde hubiera más árboles y pájaros, sobre todo pájaros. Conocía uno muy pequeño y tranquilo a tres cuadras de ahí. No había nadie en el pequeño parque. Y los pájaros comenzaron a hablarme, primero en leves sonidos y después en alegres gorgoteos. Fui cautivo del portento y gravedad de las palabras de los árboles. Los dioses parecían susurrarme a través del movimiento de las ramas cautivadas por el aire. Aire, aire, AIRE. Aquella forma de recibir, de sentir la naturaleza era inhumana. Jamás había experimentado algo similar.

¿Cuánto tiempo habría pasado ahí, sentado en la banquita del parque? No sabría decirlo. El tiempo mutaba al ritmo de las hojas caídas. Al canto de las aves. Y con la pérdida de percepción del tiempo, perdí mi cuerpo humano. Sin sentirlo, sin consentimiento, mis brazos se hicieron alas, mi piel adelgazó y me salieron plumas, mi boca se secó y un pico anaranjado emergió. Mis huesos se aligeraron. De mi voz (antigua) sólo quedó un tono grave, una vocalización que me dio un lugar en mi nueva familia de aves.

Ya no era humano. Sólo en mente, quizá. Ahora hablo el lenguaje natural. Me uní a la voz celestial, aprecié y reencontré desde aquel momento lo más esencial, lo más reptiliano de la vida, aquello que los humanos hemos desdeñado: la naturaleza.

Desperté en la tibia arena. Tumbado y torcido, en medio de la nada. El amanecer declaraba parsimoniosamente una inocencia sarcástica y brutal, como si en la noche anterior la tormenta no hubiera existido.

Naufragué violentamente. Y ésta es mi historia.

La conocí una noche, en una fiesta de un amigo. Tenía poco que había terminado una relación lastimosamente larga, y en mis planes no contemplaba a alguien más.

La idea era tomar hasta quedarme dormido. El ambiente era bueno y de confianza. Saludé a muchas personas aquella noche, mientras mi vaso se llenaba y vaciaba con singular alegría. Todo iba en orden y nada, NADA se salía de control. Hasta que ella llegó.

Su presencia eléctrica interfirió profundamente mi temprana borrachera. Pregunté quien era. Mi insistencia por conocerla se reflejó en una breve presentación por parte de un conocido entre los dos.

Ella se alejó y yo, absorto y congelado, me resigné a volver con mis amigos. No pude dejar de pensar en ella. El alcohol infló mi valor y la busqué entre la multitud. Bailamos un poco, hasta que le pedí buscar un lugar más tranquilo para platicar.

Resultó ser una mujer con una personalidad magnética para mi. Escritora de tiempo completo, trabajaba actualmente en una novela poco convencional, cuyo objetivo era traspasar las convenciones y arquetipos tradicionales de la escritura. Tal vez ella pensaba que sonreía y afirmaba todo lo que ella me decía por su hermoso rostro. Y tenía un poco de razón. Inclusive podría pensar «el sólo dice si a todo, me escucha pero no opina». En realidad entendía todo pues yo, persona muy asidua a la lectura, no aparentaba ser alguien muy interesante. Me parecía increíble su voz, firme y sin titubeos a pesar del vaivén de su vaso con vodka. Sus ojos parecían reflejar la luz que la rodeaba, y sus labios me engancharon inmediatamente.

Días después la contacté para vernos en un café. Después de tocar temas triviales comenzó a platicarme de su novela, la cual se encontraba atascada. Ya en mis cinco sentidos, le propuse leer un poco de su borrador. Ella accedió, para mi sorpresa.

Presagios Funestos

Había estado soñando extraño desde hacía varias lunas. Y durante el día se hubiera podido jurar que lo que estaba haciendo u observando en ese momento ya lo había realizado con mucha anterioridad. Estas visiones perturbaban su carácter, puesto que su vida era aburrida, tediosa y muy normal, cosa que le agradaba, pues le reconfortaba tener una armonía imperturbable, ordenada y tranquila. Incidencias como los deja vus le inquietaban, rompían brusca e inesperadamente la quietud de su vida.

El señor F trabajaba en un complejo de oficinas para una importante aseguradora. Su habilidad con los números y con las computadoras lo colocaron en puestos decisivos. Amaba su trabajo, le mantenía ocupado mentalmente. F era poco sociable, desde sus tiempos como estudiante en la Universidad pensaba que las relaciones con otras personas interferían con sus metas. Esa mentalidad permaneció intacta y cómodamente afirmada en su vida actual como profesionista.

En la oficina lo veían con respeto, pues su ascenso había sido rápido y apantallador; pero a nivel personal lo consideraban un freak: nunca iba a las reuniones outwork, no se arrinconaba con el grupo de fumadores ni con los amantes del futbol que eufóricos comentaban los sucesos deportivos del fin de semana. Era un foreveralone que contaba con la exclusiva compañía de su MacBook.

Los días seguían su curso y los sueños comenzaban a hacerse más perturbadores. Al inicio F simplemente caminaba por el borde de un precipicio. El abismo era oscuro e indescifrable, sin avisarse el fondo por la negrura de su profundidad. Ante el avance de las noches caminaba más sobre el borde, siempre despacio, siempre cauto por no caer…en el sueño la posibilidad de la muerte era inminente pero acogedora…al despertar, la simple idea le aterraba. Despertaba empapado en un frío sudor, que aguijoneaba su nuca y hería su orgullosa forma de ver las cosas que no se podía explicar con algoritmos o razones científicas. No controlaba los temblores ni la sensación aún fresca del vacío del sueño. La visión era macabramente real, vívida y cruel.

Por las mañanas intentaba olvidar todo aquello, aferrándose a su rutina de toda la vida: bañarse, regar las plantas, revisar las noticias en la tablet mientras desayunaba, para después pasar por un café bien cargado y tomar el bus. Ante la asfixiante multitud apretujada en el transporte, F se coloca los auriculares y así intenta ignorar todo aquello. La música es de las pocas cosas que F consideraba variable, pues escuchaba diferentes géneros conforme su estado de ánimo.

En el momento de entrar a su cubículo un deja vu lo sorprende. Y tiene al menos en ese día otro par más.

Las semanas vuelan y los sueños comienzan a mezclarse con la realidad. El precipicio alcanza sus pies y resbala dócilmente hacia la nada. La muerte lo abraza, fría y afilada muerte, llévame, le susurra él. Antes de tocar el fondo y estrellarse abruptamente se despega del sueño. Tan vívido, tan nítido y sofocante…la pesadilla se convierte en obsesión repulsiva, F se aterra al llegar a casa y saber que la noche irremediablemente conlleva el dormir. Jamás se había pasado por alto sus horarios nocturnos, ni siquiera en los tiempos de Universidad. Recurre al café cargado, a horas sentado viendo la televisión por las noches. Teme dormir y tener aquellas terribles experiencias.

Duda si ha perdido la cordura. En el trabajo su jefe le recrimina su inusitada falta de concentración. Todos notan su nerviosismo, sus ojeras kilométricas y su andar vencido. “F está jodido, F se ha metido en drogas” y cosas peores comienza a escuchar en torno a cuchicheos y bromas pesadas de sus compañeros.

Odia a todos, odia a esas malditas pesadillas y a su orgullo que lo obliga a aferrarse a no pedir ayuda. Sus horas de sueño se hacen cada vez más raquíticas. Y los deja vus no paran, son reflejos de la realidad alterna, un espejo maldito que replica todo, infinitamente. Y en medio de ese reflejo está él, solo, aturdido y sumamente cansado.

Un fin de semana por fin acepta que la situación no mejorará por arte de magia y agenda una cita con un destacado psicólogo de la ciudad. Una amable y bonita recepcionista lo recibe en el lobby y le dice que suba al séptimo piso. Sube por el ascensor, el cual tiene cubierta cada pared de espejos. Eso lo inquieta. El ascensor es lento y repiquetea constantemente. Muy cansado, F casi no se da cuenta cuando se queda dormido de pie, como los pájaros en las ramas. Lo último que ve es su reflejo repetido muchas veces en el espejo del elevador: otro deja vu, el último, el definitivo, que se multiplica terroríficamente. Una negrura absoluta lo envuelve, es pesada, sofocante, y siente como sus pies pierden el piso y el vacío se apodera de su cuerpo.

La policía lo encontró muerto en el elevador.Las autoridades no se explicaban la muerte de un hombre tan joven, puesto que la única evidencia particular de la necropsia era su rostro desencajado y con los ojos cerrados, como si se hubiera quedado dormido para siempre.

Alas Enraizadas

La noche cae sobre mí, abrumadora, con un viento terso y pesado. Cayó en un parpadeo, como si tus ojos fueran el cielo y se hubiesen llenado de oscuridad. En realidad, tus ojos si eran el horizonte ascendente, y soñé con el muchas veces. Le conté esto a mis padres y a mis hermanos, y nadie me creyó. Busqué al Chilam al que le tenía más confianza para obtener respuestas. Fui a su nah k’uh. Ya casi nadie en el pueblo confiaba en su trabajo, pues sus adivinaciones de los cielos y mundos que no conocemos eran cada vez más extraños: hombres y mujeres de piel como las nubes, acudían a sus visiones y perturbaban su mente. Lo más raro es que esas personas tenían al ka’an dentro de sus ojos, como la mujer con la que soñaba constantemente. El Chilam dijo que ella vendría a mí, montada en una extraña criatura. Hablaría otro t’aan, y no vendría sola.

-¿De dónde vienen, K’iin?
-De otra costa. O de otro Mundo.
-La mujer con la que soñé, estará en mis brazos?
-Si, y viene a transformarte. Se comerá tu piel, atesorará tu puksi’ik’al, y desearás el suyo.
-Ella, ¿es la Xtabay?
-No sé, los Dioses no quieren enseñarme más. Pero es igual de seductora, te embriagará con dulces palabras.

Desde esa tarde con el Chilam, mis sueños anhelan fervientemente esos ojos. Y ellos me buscan. Chilam quiere saber si mis sueños son visiones de los Dioses; rehusé su oferta, creo que ellos sólo buscan ser crueles conmigo, al dejarme admirar a una mujer que no existe aquí. Una noche el sueño me fue robado, así que decidí ir a caminar.

En medio del camino, estaba un Yaaxté. Sus raíces de serpiente se incrustaban rígidas, poderosas y profundas hasta el mismísimo Xibalbá. Recostada sobre el tronco, una bella mujer miraba las Estrellas. Se percató de mi presencia y me llamó por mi nombre.

-¡Yaax! Ven. Abrázame.

Sus finas expresiones se acentuaron con la luz del conejo y un delicado perfume frutal que de ella emanaba. Sus tiernos labios embrujaron mi vista. Atónito, me acerqué.

-Eres la Xtabay. Lo sé. No vas a desmembrarme-dijo Yaax.
-Eres un joven decidido. ¡Ven! Solo quiero platicar. Contarte sobre la mujer con el cielo en sus ojos.
-¿Y cómo sabes de ella?
-Porque te destruirá.
-Mentira.

Ofendida, la Xtabay desapareció en medio de una niebla endulzada.

Entonces, un día, los Dioses llegaron por el mar. Venían en inmensas casas flotantes, y descendían orgullosos, mostrando la blancura de su piel, reluciendo sus doradas y brillantes escamas.
Al principio, los Dioses buscaban al Halach Uinic. Ellos traían a sus traductores, pues hablaban otro ta’an, como lo predijo el Chilam. Yo no creía que ellos fuesen deidades: la ambición y maldad se colaban en sus gestos, destellaba en su mirada. Entre los supuestos Dioses estaba ella.

Los mismos ojos sam ch’ooch que yo soñé. La misma hechura divina de su piel, las mismas líneas que conformaban un hermoso rostro. Pasó el tiempo y fue inevitable lo que el destino nos tenía previsto. Nos amamos, y a través de su cuerpo, de su contacto y sus palabras aprendí que ni ella ni los otros con los que venía eran los Dioses que esperábamos. También nos enseñamos mutuamente nuestros propios lenguajes.

Tampoco las bestias en las que venían eran parte de ellos, como creíamos. <<Ésas no son casas flotantes, Yaax, son barcos, en ellos viajamos distancias muy largas>> me dijo, sonriendo.

-¿De dónde vienen? ¿De dónde eres?
-Del Reino de España.
-Está lejos?
-Muy lejos, cruzando el k’aak naáb. <en Europa.

Después, mis sospechas sobre las verdaderas intenciones de los blancos se hicieron reales. Mataron por igual a nuestros guerreros y sabios ancianos, violaron a nuestras mujeres, torturaron a los Chilam e incendiaron casas y templos. Luchamos con valor ante los españoles, que traicionaron nuestra confianza y hospitalidad.

Mientras luchábamos fervientemente, buscando sacrificios para los dioses, ella murió entre la multitud y la confusión violenta de mi gente. Dos flechas atravesaron su ligero y níveo cuerpo: una en el pecho, la otra por la espalda. Después de la sangre y la muerte, el Chilam que visité salió de su escondite entre los árboles para ayudarme a enterrarla. Tendría un largo camino hacia los Nueve Mundos Inferiores.

La destrucción de nuestro pueblo era equivalente al dolor que yo sentía. Su partida también se llevó sus palabras, sus manos tersas como el verano que se desprende con el viento otoñal. Se fueron sus sonrisas y su encanto. Su mirada fue a dar al mar, reintegrándose al azul.

Caminé desolado entre cadáveres y olor a muerte. Quería un pacto, y sabía a quien buscar. Llegué hasta el Yaaxché, sin darme cuenta de cómo había llegado. Ahí estaba la Xtabay, llorando. A pesar de su aflicción, no dejaba su elegancia de lado. Hermosa, fría y macabra belleza.

-Es tu decisión, Yaax. Házlo, no te detendré.
-Convócalo. Quiero hablar con él.

Entonces, por el camino. surgió una figura cadavérica. El Señor Descarnado venía a mi llamado. Su silueta esquelética y putrefacta hacía juego con el tintineo de sus collares y pulseras hechos de huesos y cuencas de ojo vacías. Sonrió maléficamente.

¡Señor de Xibalbá! Oh, Señor Descarnado, ha escuchado mis súplicas.

-Yo ya no quiero dejar pasar a ninguno de mis hijos a mis dominios. Pero tú quieres unirte a tu amada por los Nueve Mundos. Es un precio justo.

Así fue como Ah Punch, Señor de la Muerte, me llevó consigo. Atravesé los Nueve y formé parte de mi tierra…me convertí en un largo y fuerte Yaaxché. De esta forma, podría alcanzarla hasta los dominios del Descarnado. Y si no llegase a tiempo, las ramas más altas de mi nuevo ser tocarían los 13 Mundos Superiores, y no habría cielo que me aleje de ella. Y si no la alcanzo, los pájaros que posan mis ramas irían por tí. Surcarían el horizonte superior hasta hallarte, con tal de traerte a mí. Volarán hasta donde el cielo y el mar se juntan para devolverme tu mirada. Traerán tu semilla y crecerás fuerte y poderosa, como alguna vez lo fuiste, junto a mí. Dominaremos el infinito del cielo y las profundidades del Xibalbá. Soportaremos al Mundo, ése que nos pertenece y al que pertenecemos, amor, por toda la eternindad.

*Traducciones de palabras mayas:
-Chilam: “el que es boca”, o mejor dicho, persona que profetiza/profeta.
-Nah k’uh: templo.
-T’aan: lenguaje, idioma.
-Ka’an: cielo.
-k’iin: sacerdote. Muy relacionado con los chilam, pues es un nivel bajo de sacerdote.
-Puksi’il’al: corazón.
-Xtabay: personaje que pertenece a las antiguas e interesantísimas leyendas mayas. Es una mujer hermosa, que suele engañar a los hombres, embriagándolos con su belleza. Después, sus víctimas amaneces muertos, con heridas parecidas a mordidas o rasguñazos propios de una bestia. Si leemos la leyenda completa, veremos que no es un personaje tan macabro.
-Yaaxté: nombre maya otorgado a la ceiba, árbol sagrado que significaba la conexión entre el mundo de los vivos, los muertos y el mundo supremo. Dentro de la cosmogonía maya, eran los pilares de su mundo.
-Xibalbá: el equivalente del Mictlan mexica o el inframundo del mundo occidental. Posee nueve niveles, por donde cada persona al morir debe cruzar para acceder a los 13 mundos superiores.
-Halach Uinic: el equivalente al Tlatoani mexica. “Hombre hecho/hombre al mando”, era el sacerdote de mayor rango, que poseía el cargo de gobernante en la sociedad maya.
-Sam ch’ooch: azul cielo.
-K’aak naáb: mar.
-Ah Punch: dios maya de la muerte. Lo representan como una figura esquelética, en avanzado estado de descomposición. Amo y señor del Xibalbá.

Hace unos minutos leí una palabra que describía, bajo la perspectiva de un profesionista trabajando en el extranjero, nuestra sociedad: “suciedad”. No pude dejar de pensar en lo que quiso decir esta persona, con un simple cambio de letra: si quiso ofender, despreciar, catalogar negativamente al pueblo al que desgraciada o fortuitamente lo vio nacer y crecer.

Esto lo relacioné a mi reflexión matutina, mientras iba de camino a la escuela, apretujado en medio de un montón de personas que se empujan, insultan y soportan (como pueden) el ajetreo diario del transporte público. A pesar de la música de mis audífonos escuché a un señor decirle a otra persona “y esto es todos los días”, a lo que su receptor le responde “si, ya como mexicanos nos acostumbramos”. Y después vino la frase fuerte: “Y eso que está ahorita tranquilo”.

Sí, yo también sabía que los empujones podían estar peor. Pero no sólo sabía eso. Extrapolé esa leve captura de conversación ajena a algo más profundo. Y el resultado de esa pequeña reflexión da miedo: estamos acostumbrándonos a que todo puede salir peor. A que nos llueve sobre mojado, casi siempre. Bueno, casi siempre no. SIEMPRE.

Luego invariablemente mi reflexión se hizo más larga. El país está hecho un desmadre. Desaparecidos, muertos, cadáveres en fosas, un sistema educativo (el IPN) a punto de perder lo más valioso que tiene, narcoguerras, inseguridad de todo tipo, desempleo, pobreza y encima de todo esto, inundaciones y unas lluvias que dieron el after party bien cabrón, modificando los ciclos agrícolas y dejando en la quiebra a miles de personas en zonas rurales.

Uno prende el televisor y ve un anuncio de la revista Central: una de las hijas de la primera dama en la portada. Una pinche burla. ¿A quien chingados le interesa eso? ¿Alguien compra ese tipo de contenidos superfluos? Mientras los 49 normalistas siguen sin dar pistas de su paradero, esta chica estudia en no se dónde para ser actriz. Así de bipolar es nuestro país.

Con respecto a las movilizaciones (de ayer, hoy y siempre), ¿Con las marchas solucionamos las cosas? ¿Qué es salir a las calles y manifestarse? ¿Pedir justicia? ¿Cerrar avenidas? ¿Quemar y destruir inmuebles e instalaciones del gobierno? ¿Ver quien jode más, si el gobierno o los que bloquean calles y obstruyen el paso y la vida de los demás? ¿Hacer paros, es un acto de exigir justicia, o detener inútilmente las actividades académicas? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué se necesita hacer?

He tenido la oportunidad de salir del DF y ver otro tipo de panoramas, de perspectivas. Pero la mayoría remite a lo mismo: inconformidad, desolación, sentido de abandono. El gobierno nos chinga, sí. A los políticos ¿les importan los paros o manifestaciones? ¡No! Mientras tengan el poder, seguirán siendo corruptos, cerrándose en sus círculos, siendo lo que han sido: un cáncer. Un mal. Una esfera de poder siempre creciente, cínica, inbatible, mentirosa y siempre maligna, celosa de dejar su puesto privilegiado.

¿A quien creer? En dinero y poder, todos y todo es lo mismo, es la misma gata revolcada y de diferentes colores, mas no de matices.

Mientras, seguiremos trabajando. Haciendo lo que nos toca, y bien, hacemos la diferencia. Tengamos criterio, con un ojo en el futbol o en el desmadre de la hija de la primera dama, y con el otro en los periódicos, en los noticieros de su preferencia. Analicen. Reflexionen. Luchemos por hacer todo bien. No al chingadazo. Rechazando el “así estuvo, no hay pedo, lo pago”. Seamos mejores personas. No jodamos al prójimo en beneficio propio. Ahí está el mal mas grande.

Quedan más preguntas que respuestas. Y repito: ¿Qué se necesita hacer, para tener un mejor país?

La Dama de las Estrellas

Sentada en el cosmos infinito, su cabello de tres colores resplandecía en medio de la noche envolvente del Universo. Su collar acuamarino y sus anillos livianos que reposaban en su fino cuerpo respondían su origen: una historia lejana, casi olvidada, oxidada por el pasar imbatible del tiempo y de lágrimas finas recorridas en la arena interestelar. Sus manos de cerámica sentían un horrible y oscuro vacío. Por ello decidió irse de su planeta y buscar mejor suerte.

Navegando lentamente en el mar de estrellas, aprovechó el ir y venir de un cometa. La Dama de las Estrellas se aferró a él, alejándose cada vez más rápido.

-¿Hacia donde vas, joven y eterna Dama de las Estrellas? – Le preguntó el cometa.
-A un lugar donde me sienta menos sola-respondió serenamente la Dama.

La realidad es que la Dama de las Estrellas estaba harta de su entorno. Se sentía abandonada, en ese planeta tan vacío, tan en la nada. Nada, era el todo, y el todo era la nada, y su única diversión era dejarse llevar por la corriente de las rocas y vientos de los anillos de Saturno. Fastidiada de las temperaturas extremas de su planeta, quiso ver que más había.

La Dama es una mujer sin edad, sin recuerdos variables, ni recuerdos muy dulces o muy amargos. Posee sabiduría, paciencia y tolerancia. Comprende mucho y comprende casi nada, pues su vida ha sido un aislamiento cósmico.

Varios planetas alrededor de Saturno mostraban colores, texturas y sensaciones ambiguas, más no le proporcionaba algo que no conociera.

Entonces llegó a la Tierra. Al acercarse al planeta, se dejó caer vencida por una sensación de éxtasis, algo que la Dama nunca había percibido. Planeó por los Cielos del planeta, buscando dónde aterrizar.

Lo hizo en un lugar verde, caluroso, aunque no era comparable al clima de Saturno. Se maravilló de las formas diversas, los colores y los tonos. Pero algo le sorprendió más: los sonidos.

Una melodía compuesta por el aire, las rocas, el agua de los ríos, el susurro tenue de las aves, el murmullo tímido del viento contra los árboles: la música natural. Ella no sabía con exactitud que estaba viendo, oliendo o sintiendo. Sólo sabía que era algo extraordinario, extraño, hermoso.

Caminó distancias y días incontables, aprendiendo de su alrededor. Pronto llegó con un nativo del planeta. De él aprendió fácilmente su idioma y sus costumbres. Entonces volvió a marcharse. Y así fue de pueblo en pueblo, de gente en gente, pasando por ciudades, países, de forma insaciable, apreciando lo mejor de todo, conociendo muchos idiomas para poder entender mejor a los nativos.

Todo era divertido, hasta que unos sujetos quisieron preguntarle de dónde venía.

-De Saturno.
Los hombres comenzaron a reír a carcajadas.
-Niña, creo que ves mucha televisión. ¡Vaya imaginación que tienes, eh!. -Replicó uno de los hombres, burlón.
-¿Y qué es una televisión?
-Vaya niña, ¡ja! Muy bien. ¡Juguemos tu juego! Es una cosa rectangular, delgada, donde la gente ve programas, películas y noticias, toooooodos los días.
-¿Y les enseñan ahí a soñar? ¿A ver el Cielo, y su Infinito? ¿A cantar con las aves?

Los hombres se fueron, riendo, tomando a la chica como pirada.

La Dama entonces, incrédula, buscó una televisión. Incrédula, veía cómo la gente se enganchaba a dicho aparatejo humano…

Y al escudriñar más a los nativos, veía cómo no sólo la televisión amaestraba a los humanos: aparatos pequeños que portaban todo el tiempo, caminaban con ellos por sus calles y los presumían en sus transportes, enajenados, absortos, perdidos.

A la Dama este comportamiento le llamaba su atención. No divisaba desde cuándo muchos de los humanos habían perdido el gusto por ver su Planeta, por disfrutarlo, protegerlo, amarlo.

Fue así que se aterró al ver cómo los mismos nativos destruían su hogar, para sustituir las hojas verdes y la tierra por inexpresivas tuercas y terribles hogueras.

Entonces la Dama subió una alta montaña, se despidió de los árboles, de los animales e insectos, silbó muy fuerte, y el mismo Cometa que la trajo a la Tierra vino por ella y se la llevó. Desilusionada, La Dama de las Estrellas partió a otro lugar, buscando un noble consuelo en el ya conocido vacío galáctico…