Cuentos

LenguajeNatural/Del Cielo

Al atardecer, el viento se mece pesado en esta época del año, como aturdido entre la espesa inmensidad urbana. Percibo que la gente camina sin detenerse, casi en automático, frenéticamente. Mientras, puedo decir que hoy definitivamente “mi condición”, como la he denominado, ha culminado. Fue repentina, como golpe fulminante, estocada mortal, sin tregua ni piedad. Comenzó hace un par de días, coincidiendo con una etapa de mi vida muy ajetreada, tan desgastante… tanto tiempo luché por ese puesto, demasiado trabajo, mucho para nada… el trabajo me absorbía. El contacto con las personas que amo es prácticamente nulo; alegaba no tener tiempo. Mi mayor interacción con el mundo era a través del smartphone y la computadora de la oficina. Y ya. Bueno, he de decir que en el trabajo convivo diariamente con personas: contratistas, jefes de personal, empleados. En ellos no hay más allá que formalidad y frases de cortesía hueca, que abrían oquedades para llenarse de contratos, cifras y firmas.

Sin avisar, ayer por la mañana empeoró. Quise saludar en las escaleras (extrañamente) a la vecina, cuando nunca lo hago. Y no pude. Una sensación de quedarme callado emergió de no sé dónde. Ella me miró, extrañada, percibiendo aquella inusitada intención. Después, esa misma mañana, al reportarme con mi jefe de piso, me quedé helado, mudo, ahí parado en la entrada de su oficina. Las palabras se quedaron atoradas en mi boca, cayendo a un precipicio hondo y oscuro, desconocido. Tampoco él supo interpretar mi silencio. Con un ademán raro de la mano me permitió marcharme.

Con terror y extrañeza, huí y me encerré en mi cubículo. ¿Qué demonios estaba pasándome? Ni siquiera un susurro, una sílaba podía extraer. Mis cuerdas vocales eran inexistentes, débiles, cortadas por un silencio implacable, sublime, ascendía por mi garganta y eliminaba de tajo una de las mejores expresiones humanas: mi voz. Presa del pánico, me encontré abriendo la ventana de mi espacio de trabajo. Sofocado, buscaba el viento, como si éste fuera el responsable de haberse robado el habla. No encontré alivio hasta salir por completo del edificio de oficinas. Aunque ya lo había intentado dentro, el viento de la calle aquella mañana era más ligero aquel mediodía y poco a poco despejó mi miedo y frustración…

Y de la nada, el sonido de los pájaros se hizo más fuerte. Los perros que paseaban con sus dueños hablaban entre sí, casi les entendía. Las hojas se mecían inquietas y alegres en sus ramas; los árboles lo agradecían. Un levísimo aroma a ozono anunciaba elegantemente una cercana llovizna. Mis percepciones estaban diferentes, que me partiera un rayo si no era así. Sin encontrar una razón aparente, tenía un deseo ferviente de ir a un parque, donde hubiera más árboles y pájaros, sobre todo pájaros. Conocía uno muy pequeño y tranquilo a tres cuadras de ahí. No había nadie en el pequeño parque. Y los pájaros comenzaron a hablarme, primero en leves sonidos y después en alegres gorgoteos. Fui cautivo del portento y gravedad de las palabras de los árboles. Los dioses parecían susurrarme a través del movimiento de las ramas cautivadas por el aire. Aire, aire, AIRE. Aquella forma de recibir, de sentir la naturaleza era inhumana. Jamás había experimentado algo similar.

¿Cuánto tiempo habría pasado ahí, sentado en la banquita del parque? No sabría decirlo. El tiempo mutaba al ritmo de las hojas caídas. Al canto de las aves. Y con la pérdida de percepción del tiempo, perdí mi cuerpo humano. Sin sentirlo, sin consentimiento, mis brazos se hicieron alas, mi piel adelgazó y me salieron plumas, mi boca se secó y un pico anaranjado emergió. Mis huesos se aligeraron. De mi voz (antigua) sólo quedó un tono grave, una vocalización que me dio un lugar en mi nueva familia de aves.

Ya no era humano. Sólo en mente, quizá. Ahora hablo el lenguaje natural. Me uní a la voz celestial, aprecié y reencontré desde aquel momento lo más esencial, lo más reptiliano de la vida, aquello que los humanos hemos desdeñado: la naturaleza.

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Presagios Funestos

Había estado soñando extraño desde hacía varias lunas. Y durante el día se hubiera podido jurar que lo que estaba haciendo u observando en ese momento ya lo había realizado con mucha anterioridad. Estas visiones perturbaban su carácter, puesto que su vida era aburrida, tediosa y muy normal, cosa que le agradaba, pues le reconfortaba tener una armonía imperturbable, ordenada y tranquila. Incidencias como los deja vus le inquietaban, rompían brusca e inesperadamente la quietud de su vida.

El señor F trabajaba en un complejo de oficinas para una importante aseguradora. Su habilidad con los números y con las computadoras lo colocaron en puestos decisivos. Amaba su trabajo, le mantenía ocupado mentalmente. F era poco sociable, desde sus tiempos como estudiante en la Universidad pensaba que las relaciones con otras personas interferían con sus metas. Esa mentalidad permaneció intacta y cómodamente afirmada en su vida actual como profesionista.

En la oficina lo veían con respeto, pues su ascenso había sido rápido y apantallador; pero a nivel personal lo consideraban un freak: nunca iba a las reuniones outwork, no se arrinconaba con el grupo de fumadores ni con los amantes del futbol que eufóricos comentaban los sucesos deportivos del fin de semana. Era un foreveralone que contaba con la exclusiva compañía de su MacBook.

Los días seguían su curso y los sueños comenzaban a hacerse más perturbadores. Al inicio F simplemente caminaba por el borde de un precipicio. El abismo era oscuro e indescifrable, sin avisarse el fondo por la negrura de su profundidad. Ante el avance de las noches caminaba más sobre el borde, siempre despacio, siempre cauto por no caer…en el sueño la posibilidad de la muerte era inminente pero acogedora…al despertar, la simple idea le aterraba. Despertaba empapado en un frío sudor, que aguijoneaba su nuca y hería su orgullosa forma de ver las cosas que no se podía explicar con algoritmos o razones científicas. No controlaba los temblores ni la sensación aún fresca del vacío del sueño. La visión era macabramente real, vívida y cruel.

Por las mañanas intentaba olvidar todo aquello, aferrándose a su rutina de toda la vida: bañarse, regar las plantas, revisar las noticias en la tablet mientras desayunaba, para después pasar por un café bien cargado y tomar el bus. Ante la asfixiante multitud apretujada en el transporte, F se coloca los auriculares y así intenta ignorar todo aquello. La música es de las pocas cosas que F consideraba variable, pues escuchaba diferentes géneros conforme su estado de ánimo.

En el momento de entrar a su cubículo un deja vu lo sorprende. Y tiene al menos en ese día otro par más.

Las semanas vuelan y los sueños comienzan a mezclarse con la realidad. El precipicio alcanza sus pies y resbala dócilmente hacia la nada. La muerte lo abraza, fría y afilada muerte, llévame, le susurra él. Antes de tocar el fondo y estrellarse abruptamente se despega del sueño. Tan vívido, tan nítido y sofocante…la pesadilla se convierte en obsesión repulsiva, F se aterra al llegar a casa y saber que la noche irremediablemente conlleva el dormir. Jamás se había pasado por alto sus horarios nocturnos, ni siquiera en los tiempos de Universidad. Recurre al café cargado, a horas sentado viendo la televisión por las noches. Teme dormir y tener aquellas terribles experiencias.

Duda si ha perdido la cordura. En el trabajo su jefe le recrimina su inusitada falta de concentración. Todos notan su nerviosismo, sus ojeras kilométricas y su andar vencido. “F está jodido, F se ha metido en drogas” y cosas peores comienza a escuchar en torno a cuchicheos y bromas pesadas de sus compañeros.

Odia a todos, odia a esas malditas pesadillas y a su orgullo que lo obliga a aferrarse a no pedir ayuda. Sus horas de sueño se hacen cada vez más raquíticas. Y los deja vus no paran, son reflejos de la realidad alterna, un espejo maldito que replica todo, infinitamente. Y en medio de ese reflejo está él, solo, aturdido y sumamente cansado.

Un fin de semana por fin acepta que la situación no mejorará por arte de magia y agenda una cita con un destacado psicólogo de la ciudad. Una amable y bonita recepcionista lo recibe en el lobby y le dice que suba al séptimo piso. Sube por el ascensor, el cual tiene cubierta cada pared de espejos. Eso lo inquieta. El ascensor es lento y repiquetea constantemente. Muy cansado, F casi no se da cuenta cuando se queda dormido de pie, como los pájaros en las ramas. Lo último que ve es su reflejo repetido muchas veces en el espejo del elevador: otro deja vu, el último, el definitivo, que se multiplica terroríficamente. Una negrura absoluta lo envuelve, es pesada, sofocante, y siente como sus pies pierden el piso y el vacío se apodera de su cuerpo.

La policía lo encontró muerto en el elevador.Las autoridades no se explicaban la muerte de un hombre tan joven, puesto que la única evidencia particular de la necropsia era su rostro desencajado y con los ojos cerrados, como si se hubiera quedado dormido para siempre.

Alas Enraizadas

La noche cae sobre mí, abrumadora, con un viento terso y pesado. Cayó en un parpadeo, como si tus ojos fueran el cielo y se hubiesen llenado de oscuridad. En realidad, tus ojos si eran el horizonte ascendente, y soñé con el muchas veces. Le conté esto a mis padres y a mis hermanos, y nadie me creyó. Busqué al Chilam al que le tenía más confianza para obtener respuestas. Fui a su nah k’uh. Ya casi nadie en el pueblo confiaba en su trabajo, pues sus adivinaciones de los cielos y mundos que no conocemos eran cada vez más extraños: hombres y mujeres de piel como las nubes, acudían a sus visiones y perturbaban su mente. Lo más raro es que esas personas tenían al ka’an dentro de sus ojos, como la mujer con la que soñaba constantemente. El Chilam dijo que ella vendría a mí, montada en una extraña criatura. Hablaría otro t’aan, y no vendría sola.

-¿De dónde vienen, K’iin?
-De otra costa. O de otro Mundo.
-La mujer con la que soñé, estará en mis brazos?
-Si, y viene a transformarte. Se comerá tu piel, atesorará tu puksi’ik’al, y desearás el suyo.
-Ella, ¿es la Xtabay?
-No sé, los Dioses no quieren enseñarme más. Pero es igual de seductora, te embriagará con dulces palabras.

Desde esa tarde con el Chilam, mis sueños anhelan fervientemente esos ojos. Y ellos me buscan. Chilam quiere saber si mis sueños son visiones de los Dioses; rehusé su oferta, creo que ellos sólo buscan ser crueles conmigo, al dejarme admirar a una mujer que no existe aquí. Una noche el sueño me fue robado, así que decidí ir a caminar.

En medio del camino, estaba un Yaaxté. Sus raíces de serpiente se incrustaban rígidas, poderosas y profundas hasta el mismísimo Xibalbá. Recostada sobre el tronco, una bella mujer miraba las Estrellas. Se percató de mi presencia y me llamó por mi nombre.

-¡Yaax! Ven. Abrázame.

Sus finas expresiones se acentuaron con la luz del conejo y un delicado perfume frutal que de ella emanaba. Sus tiernos labios embrujaron mi vista. Atónito, me acerqué.

-Eres la Xtabay. Lo sé. No vas a desmembrarme-dijo Yaax.
-Eres un joven decidido. ¡Ven! Solo quiero platicar. Contarte sobre la mujer con el cielo en sus ojos.
-¿Y cómo sabes de ella?
-Porque te destruirá.
-Mentira.

Ofendida, la Xtabay desapareció en medio de una niebla endulzada.

Entonces, un día, los Dioses llegaron por el mar. Venían en inmensas casas flotantes, y descendían orgullosos, mostrando la blancura de su piel, reluciendo sus doradas y brillantes escamas.
Al principio, los Dioses buscaban al Halach Uinic. Ellos traían a sus traductores, pues hablaban otro ta’an, como lo predijo el Chilam. Yo no creía que ellos fuesen deidades: la ambición y maldad se colaban en sus gestos, destellaba en su mirada. Entre los supuestos Dioses estaba ella.

Los mismos ojos sam ch’ooch que yo soñé. La misma hechura divina de su piel, las mismas líneas que conformaban un hermoso rostro. Pasó el tiempo y fue inevitable lo que el destino nos tenía previsto. Nos amamos, y a través de su cuerpo, de su contacto y sus palabras aprendí que ni ella ni los otros con los que venía eran los Dioses que esperábamos. También nos enseñamos mutuamente nuestros propios lenguajes.

Tampoco las bestias en las que venían eran parte de ellos, como creíamos. <<Ésas no son casas flotantes, Yaax, son barcos, en ellos viajamos distancias muy largas>> me dijo, sonriendo.

-¿De dónde vienen? ¿De dónde eres?
-Del Reino de España.
-Está lejos?
-Muy lejos, cruzando el k’aak naáb. <en Europa.

Después, mis sospechas sobre las verdaderas intenciones de los blancos se hicieron reales. Mataron por igual a nuestros guerreros y sabios ancianos, violaron a nuestras mujeres, torturaron a los Chilam e incendiaron casas y templos. Luchamos con valor ante los españoles, que traicionaron nuestra confianza y hospitalidad.

Mientras luchábamos fervientemente, buscando sacrificios para los dioses, ella murió entre la multitud y la confusión violenta de mi gente. Dos flechas atravesaron su ligero y níveo cuerpo: una en el pecho, la otra por la espalda. Después de la sangre y la muerte, el Chilam que visité salió de su escondite entre los árboles para ayudarme a enterrarla. Tendría un largo camino hacia los Nueve Mundos Inferiores.

La destrucción de nuestro pueblo era equivalente al dolor que yo sentía. Su partida también se llevó sus palabras, sus manos tersas como el verano que se desprende con el viento otoñal. Se fueron sus sonrisas y su encanto. Su mirada fue a dar al mar, reintegrándose al azul.

Caminé desolado entre cadáveres y olor a muerte. Quería un pacto, y sabía a quien buscar. Llegué hasta el Yaaxché, sin darme cuenta de cómo había llegado. Ahí estaba la Xtabay, llorando. A pesar de su aflicción, no dejaba su elegancia de lado. Hermosa, fría y macabra belleza.

-Es tu decisión, Yaax. Házlo, no te detendré.
-Convócalo. Quiero hablar con él.

Entonces, por el camino. surgió una figura cadavérica. El Señor Descarnado venía a mi llamado. Su silueta esquelética y putrefacta hacía juego con el tintineo de sus collares y pulseras hechos de huesos y cuencas de ojo vacías. Sonrió maléficamente.

¡Señor de Xibalbá! Oh, Señor Descarnado, ha escuchado mis súplicas.

-Yo ya no quiero dejar pasar a ninguno de mis hijos a mis dominios. Pero tú quieres unirte a tu amada por los Nueve Mundos. Es un precio justo.

Así fue como Ah Punch, Señor de la Muerte, me llevó consigo. Atravesé los Nueve y formé parte de mi tierra…me convertí en un largo y fuerte Yaaxché. De esta forma, podría alcanzarla hasta los dominios del Descarnado. Y si no llegase a tiempo, las ramas más altas de mi nuevo ser tocarían los 13 Mundos Superiores, y no habría cielo que me aleje de ella. Y si no la alcanzo, los pájaros que posan mis ramas irían por tí. Surcarían el horizonte superior hasta hallarte, con tal de traerte a mí. Volarán hasta donde el cielo y el mar se juntan para devolverme tu mirada. Traerán tu semilla y crecerás fuerte y poderosa, como alguna vez lo fuiste, junto a mí. Dominaremos el infinito del cielo y las profundidades del Xibalbá. Soportaremos al Mundo, ése que nos pertenece y al que pertenecemos, amor, por toda la eternindad.

*Traducciones de palabras mayas:
-Chilam: “el que es boca”, o mejor dicho, persona que profetiza/profeta.
-Nah k’uh: templo.
-T’aan: lenguaje, idioma.
-Ka’an: cielo.
-k’iin: sacerdote. Muy relacionado con los chilam, pues es un nivel bajo de sacerdote.
-Puksi’il’al: corazón.
-Xtabay: personaje que pertenece a las antiguas e interesantísimas leyendas mayas. Es una mujer hermosa, que suele engañar a los hombres, embriagándolos con su belleza. Después, sus víctimas amaneces muertos, con heridas parecidas a mordidas o rasguñazos propios de una bestia. Si leemos la leyenda completa, veremos que no es un personaje tan macabro.
-Yaaxté: nombre maya otorgado a la ceiba, árbol sagrado que significaba la conexión entre el mundo de los vivos, los muertos y el mundo supremo. Dentro de la cosmogonía maya, eran los pilares de su mundo.
-Xibalbá: el equivalente del Mictlan mexica o el inframundo del mundo occidental. Posee nueve niveles, por donde cada persona al morir debe cruzar para acceder a los 13 mundos superiores.
-Halach Uinic: el equivalente al Tlatoani mexica. “Hombre hecho/hombre al mando”, era el sacerdote de mayor rango, que poseía el cargo de gobernante en la sociedad maya.
-Sam ch’ooch: azul cielo.
-K’aak naáb: mar.
-Ah Punch: dios maya de la muerte. Lo representan como una figura esquelética, en avanzado estado de descomposición. Amo y señor del Xibalbá.

La Dama de las Estrellas

Sentada en el cosmos infinito, su cabello de tres colores resplandecía en medio de la noche envolvente del Universo. Su collar acuamarino y sus anillos livianos que reposaban en su fino cuerpo respondían su origen: una historia lejana, casi olvidada, oxidada por el pasar imbatible del tiempo y de lágrimas finas recorridas en la arena interestelar. Sus manos de cerámica sentían un horrible y oscuro vacío. Por ello decidió irse de su planeta y buscar mejor suerte.

Navegando lentamente en el mar de estrellas, aprovechó el ir y venir de un cometa. La Dama de las Estrellas se aferró a él, alejándose cada vez más rápido.

-¿Hacia donde vas, joven y eterna Dama de las Estrellas? – Le preguntó el cometa.
-A un lugar donde me sienta menos sola-respondió serenamente la Dama.

La realidad es que la Dama de las Estrellas estaba harta de su entorno. Se sentía abandonada, en ese planeta tan vacío, tan en la nada. Nada, era el todo, y el todo era la nada, y su única diversión era dejarse llevar por la corriente de las rocas y vientos de los anillos de Saturno. Fastidiada de las temperaturas extremas de su planeta, quiso ver que más había.

La Dama es una mujer sin edad, sin recuerdos variables, ni recuerdos muy dulces o muy amargos. Posee sabiduría, paciencia y tolerancia. Comprende mucho y comprende casi nada, pues su vida ha sido un aislamiento cósmico.

Varios planetas alrededor de Saturno mostraban colores, texturas y sensaciones ambiguas, más no le proporcionaba algo que no conociera.

Entonces llegó a la Tierra. Al acercarse al planeta, se dejó caer vencida por una sensación de éxtasis, algo que la Dama nunca había percibido. Planeó por los Cielos del planeta, buscando dónde aterrizar.

Lo hizo en un lugar verde, caluroso, aunque no era comparable al clima de Saturno. Se maravilló de las formas diversas, los colores y los tonos. Pero algo le sorprendió más: los sonidos.

Una melodía compuesta por el aire, las rocas, el agua de los ríos, el susurro tenue de las aves, el murmullo tímido del viento contra los árboles: la música natural. Ella no sabía con exactitud que estaba viendo, oliendo o sintiendo. Sólo sabía que era algo extraordinario, extraño, hermoso.

Caminó distancias y días incontables, aprendiendo de su alrededor. Pronto llegó con un nativo del planeta. De él aprendió fácilmente su idioma y sus costumbres. Entonces volvió a marcharse. Y así fue de pueblo en pueblo, de gente en gente, pasando por ciudades, países, de forma insaciable, apreciando lo mejor de todo, conociendo muchos idiomas para poder entender mejor a los nativos.

Todo era divertido, hasta que unos sujetos quisieron preguntarle de dónde venía.

-De Saturno.
Los hombres comenzaron a reír a carcajadas.
-Niña, creo que ves mucha televisión. ¡Vaya imaginación que tienes, eh!. -Replicó uno de los hombres, burlón.
-¿Y qué es una televisión?
-Vaya niña, ¡ja! Muy bien. ¡Juguemos tu juego! Es una cosa rectangular, delgada, donde la gente ve programas, películas y noticias, toooooodos los días.
-¿Y les enseñan ahí a soñar? ¿A ver el Cielo, y su Infinito? ¿A cantar con las aves?

Los hombres se fueron, riendo, tomando a la chica como pirada.

La Dama entonces, incrédula, buscó una televisión. Incrédula, veía cómo la gente se enganchaba a dicho aparatejo humano…

Y al escudriñar más a los nativos, veía cómo no sólo la televisión amaestraba a los humanos: aparatos pequeños que portaban todo el tiempo, caminaban con ellos por sus calles y los presumían en sus transportes, enajenados, absortos, perdidos.

A la Dama este comportamiento le llamaba su atención. No divisaba desde cuándo muchos de los humanos habían perdido el gusto por ver su Planeta, por disfrutarlo, protegerlo, amarlo.

Fue así que se aterró al ver cómo los mismos nativos destruían su hogar, para sustituir las hojas verdes y la tierra por inexpresivas tuercas y terribles hogueras.

Entonces la Dama subió una alta montaña, se despidió de los árboles, de los animales e insectos, silbó muy fuerte, y el mismo Cometa que la trajo a la Tierra vino por ella y se la llevó. Desilusionada, La Dama de las Estrellas partió a otro lugar, buscando un noble consuelo en el ya conocido vacío galáctico…

Lejana

La tarde luce tan fresca y tranquila… me sigue recordando la dulzura de tu voz, la delicia de tu piel. El cenit se aferra aún al verano, yace en su ocaso y yo aún sigo aquí, pensando que hoy no te vi feliz, que ya van tres días sin hablarte y así seguirá la mortal cuenta del tiempo. Voy a extrañarte enormidades, ¿qué voy a hacer mientras?  Me gustaba la forma en la que me hablabas, tu andar, tu mirada.

 

Fue mágica y cruel la realidad con la que soñé ayer contigo, soñé que mis dedos rozaban tus labios y de ellos extraía una tierna verdad, que te amo y que aún te aferras de este lado de la vida. Luchas por los dos. De tu corazón vasto y profundo hay una dulce retahíla que exclama fulminante “no te vayas”.  Será muy prolongado el tiempo en el que estés lejos, tal vez el resto de mi vida.

 

Tú empezaste todo, nos conocimos de una manera inverosímil, hiciste una pregunta o un comentario sordo, sin relevancia. Pronto me enganché a tu eléctrica compañía. Y así fue como mi inspiración, pacientemente, cabalgó hasta mí de nueva cuenta. Tal vez esa fuente de vida en letras se posó en tus ojos, admiró tu belleza o se incubó en tus labios; mutó en tu pelo y reclama su origen, llamándome.

 

De tu corazón dormido, me adhiero al deseo de ver tus ojos abrirse de nuevo. La única señal de resistencia que aún demuestras es el débil pulso que se mantiene firme, realizando una débil sinapsis a este lado del camino. Me das una razón infalible para seguirte queriendo conforme te vas alejando, para no perder mi fe en tí. Tu alma repta a mí todas las noches y rezamos para que no sigas esa luz.

 

Sé que puedo esperarte esta noche, el día de mañana y pasado mañana. El mes que entra, años, el tiempo que sea necesario. No te vayas, al menos donde no pueda admirate y tomarte de la mano. Si decides marcharte no podré seguirte a ese plano, no podría cruzar ese abismo.

 

Sentado junto a ti, en esta cama de hospital, con el ruido del monitor como fondo, te encuentrodormida, fría, casi muerta, lejana.

 

Jugo de Luna

Esta metrópoli te va devorando, lentamente. De noche su instinto cazador te va atrayendo hacia sus inverosímiles luces, ambiguas, monótonas, entre escaparates de prostitutas y alcohol corriendo como río sin frenos entre las avenidas más recurrentes del laberinto de cemento llamado ciudad.

En el bus me doy cuenta de todo ello, observando atentamente cómo la vida de los demás se desarrolla prontamente, atascada de formas atractivas donde la lujuria busca desplazar a la asquerosa monotonía de la gente…

Me he vuelto mezquino y desconfiado desde que te fuiste, no soy un persignado ni mucho menos, tú y yo vivíamos desenfrenadamente un amor tormentoso e intenso, donde los actos de escapismo que hacíamos para irnos a follar eran brutalmente recurrentes. Tú me amabas y yo te lo correspondía, pero,  ¿quién sabe qué diablos nos destruyó?

Creo nos distanciábamos desde el momento que empecé a elaborar recetas para la suerte. Conseguía con un poco de rayos de sol, un puñado de luces de arcoíris y hachís la felicidad instantánea engendrada por la buena suerte. Comencé su consumo de manera muy moderada, inclusive tú empezaste a fumar tantito de la sustancia feliz y nos divertíamos enormemente en el delirio de las sonrisas y carcajadas. Eso nos ponía de excelente humor y nos gastábamos los fines de semana entre las sábanas, tu hermoso cuerpo de seda y las pipas rellenas del líquido de la receta de la suerte. Era maravilloso cogerte con tantísima alegría, qué barbaridad.

Las épocas difíciles para nosotros eran las del invierno, la ciudad se cubría de un frío penetrante que nos mermaba la luz del sol, y las lluvias eran escasas…la materia prima para echar al fuego y hacer parsimoniosamente la receta de la felicidad escaseaba de manera alarmante. Ya no sabíamos que hacer.

Entonces ideamos, ¿lo recuerdas? Una receta para mantenernos enrrollados en la cama. Le echamos a la olla uno de tus mejores juegos de lencería, un par de condones y pensamientos morbosos. ¡Puff! El producto resultaba con mejores efectos si se bebía como si fuera café negro: ardiendo en pasión. Conseguimos una manera más directa con ello de llegar al momento que la mayoría de las veces aterrizábamos con la receta feliz: el sexo. Lo hacíamos de manera salvaje, era puro placer animal.

Llegamos a un punto, tras tres años de andarnos drogando con estos menjurjes, que el sexo nos distanció. Ya no había palabras de amor, ni caricias, ni detalles que enriquecieran nuestra relación. Ésta era una ecuación múltiple con factores que se acomodaban así: droga del sexo/felicidad + nuestros cuerpos= sexo bestial. Y ya. No había más variables, y el resultado era siempre el mismo.

Y fue cuando te marchaste.

Los tiempos de soledad se hacían eternos, largos y laxos, llenos de recuerdos tuyos: tu sonrisa, tu perfume adhiriéndose como calcomanía olfatoria a mi alma, esos labios entreabiertos, teñidos de carmín, separados sensualmente, como esperando una respuesta o un asalto violento sobre ellos para ver cuánto te deseaba… tu pecho ascendiendo bruscamente, reteniendo en una retahíla el aliento consumido en amor…eso éramos,  ¿a dónde carajos se fugó todo?

Comencé a extrañar ese cuerpo liviano, de agua, con el cual solía saciar mi sed indomable, tu espíritu inquebrantable y ese andar tuyo, tan hermoso, tan mío. Ya no distinguía si eras sueño o realidad, te ibas distanciando hasta de lo que yo más hubiese querido, eras una sobredosis perfecta para matarme con un beso bajo la luz crepuscular.

Vacío, vacío, vacío. No había mujer que filtrara a cada célula de mi cuerpo esa pasión desbordada como tú lo hacías. Busqué en otras tu perfume, tu tacto. En una de ellas encontré una gota de sabiduría, en otra una pizca de ansiedad, en alguna desafortunada hallé recónditamente, camuflajeada en buenos modales, una actitud morbosa y sumamente ardiente. Pero nada como tú, nada, eras tan irrepetible…al parecer tu esencia estaba perdida, y yo, planeta errante, buscaba una órbita tan estable como la tuya.

Una tarde de lluvia encontré una foto tuya. Recordé el momento en el que te la tomé: habíamos tenido sexo y tú dormías apaciblemente. Te veías terriblemente hermosa, tan pálida… en mi almohada hallé cabellos de oro, tan largos, tan bellos…

Era de noche y me consolabas, recosté mi cabeza  en tus piernas y ahí me quedé, quieto y mirándote a los ojos plácidamente. Tu cabello era un manto dorado cubriendo mi rostro del exterior: como un manto de amor…

Han pasado horas, días, semanas, ¿o años? Qué importa. El tiempo es inalterable sin ti.

Ya no me muevo, soy un vegetal a punto de morir. Los rayos de sol se desprenden por la ventana y se esparcen por el piso, sin inundarme con su calor.

Las noches son afiladas y  la luna es una esfera melancólica que emana una luz muerta. Con eso elaboro otra poción, la última, la definitiva: la de la muerte. Un jugo de luna.

Ahora el cielo es una esquina estrecha donde no hay vuelta atrás.

Erase un señor, el Sr. J, que poseía el don, de nacimiento, de poder almacenar en su petaca recuerdos, deseos, anhelos, alegrías, tristezas, emociones multicolores. Un día, acumuló tantas de éstas riquezas que decidió ponerlas en venta. Se colocó en una avenida transitada de una ciudad caótica, y sentado en un banquito de tres patas, con la petaca en el suelo y un letrero de cartón y letras verdes en plumón: <<Se venden anhelos, recuerdos, felicidad y una que otra desdichada desgracia>>.

Entonces su primer cliente fue un hombre dudoso. De apariencia frágil, chata y nerviosa, le pidió un poco de seguridad. Se lo compró con un manojo de dudas y de temores. El tipo posteriormente logró muchos objetivos, como lograr un ascenso y separarse de su esposa controladora.

En la tarde se le acercó un individuo que buscaba deshacerse de recuerdos. Éste pagó una fuerte suma de valor corrompido y arrepentimiento, y no era para más: era un exconvicto que había asesinado a una familia completa, y buscaba eliminar los rostros de miedo y desesperación de sus víctimas antes de morir.

Al otro día en cuanto a ganancias le fue muy mal al señor J. Sólo lo abordó un individuo que se identificó como un político acaudalado. Quería un poco de humildad y sentido común, el cual éste último le costó muy caro: orgullo.

-¿Y cuál es la razón de tan caro precio? -le espetó el político.

-Hay poquísimo sentido común en la gente, no lo usa mucho y escasea siempre -le contestó con total sinceridad el Sr. J.

Convencido de que ésta era una transacción que le haría ganar adeptos y simpatizantes (además de la aprobación de su terapeuta) el político accedió.

El Sr. J aún tenía la petaca rebosante. Temprano al otro día se colocó en su sitio de costumbre y una joven, guapa y deslumbrante, le preguntó si tenía aunque fuese una pizca de inteligencia. Para su suerte, el Sr. J lo guardaba en un frasco de cristal, muy frágil y pequeño. No se resistió en cuestionarle el uso que le pensaba dar a la inteligencia.

-Es que busco que el chico que me gusta se acerque a mí. Él ve en mí una mujer muy atractiva, pero lo que realmente busca en una mujer es un pensamiento crítico y libre, no una nariz perfecta o una silueta hermosa. Busca con quien conversar horas y horas y nunca aburrirse. Anhela una compañera de vida que lo rete intelectualmente, que lo inspire a construir poemas difíciles, no quiere un poco de piel que ante los años ceda al olvido.

Y así fue como esa pizca de inteligencia se vendió, con un motivo igualmente inteligente.

Una dama de edad madura lo buscó para conseguir lo contrario: belleza. Sus razones eran válidas: era muy astuta, veraz y elocuente; sin embargo, muy pocos hombres veían en ello cualidades que valieran la pena, y buscaba atracción física que le permitiese, antes de que fuese muy tarde, conseguir con eficacia intelectual y la pizca de perfección facial a un hombre con quien pasar sus holgados días.

Aún así, supo después el Sr. J, que le costó trabajo a la dama de edad madura obtener su propósito.

Los días pasaron y el Sr. J siguió vendiendo sonrisas, llantos atascados con coraje, olvidos, suspiros y falsedades; métodos para deshacer nudos en la garganta, infusiones contra los malos pensamientos, collares anti-sollozos, frascos de picardía, bebidas que daban valor e inciensos inspiradores.

La maleta del Sr. J se iba vaciando, agónicamente. Sólo le quedaba vender algo, especial, aplastante, definitivo, lo único verdadero.

Un hombre de edad media lo abordó una tarde gris, de ésas que reflejan un sentir incómodo, pesado.

-Busco algo que me retire el miedo. Tengo pesar de perder mi trabajo por un error, mucho esfuerzo he invertido en él para conseguirlo. Tengo miedo que la mujer que amo me rechace. Tengo miedo de que algún día nadie me ame. El miedo corroe mi autoestima y siento que estaré solo para siempre. Tengo miedo, en general, al fracaso.

Entonces el Sr. J sacó un frasco de fármacos.

-¿Fármacos?

-Sí.  Una sobredosis será buena. Suficiente.

-¿Qué me provocará? -Preguntó ansioso el hombre.

-La Muerte. La Muerte Chiquita. Ésa manera de morir para el que no quiere vivir. El que teme al fracaso le teme a la vida misma.

Y así, se vendió el Último Producto, como única solución irremediable para el tímido hombre. Hasta la fecha, no se sabe si el individuo ingirió las drogas; pero se sabe que el Sr. J ahora vende por lúdicas cantidades de dinero muchos libros, alimentando el espíritu, la imaginación y el valor de muchas personas, dándole poder al maravilloso mundo de las letras.

Ensayo del Tiempo

Junio 15

 

Cada noche te escucho respirar. ¿Lo sabías? Retengo tu imagen en mi cabeza, sintiendo tu cabello entre los dedos, resbalándose suavemente…

Eres el dulce consuelo, la válvula de escape a la cotidianidad, una nueva razón para sentir el empolvado/desgastado sentimiento intranquilo que por las noches atosiga, inquieta y corroe…por favor ven a curarme…

Pero debo decirte que tiene años que no sé nada de ti. Haces ahora tu vida, y yo me mantengo al margen.

Agosto 19

 

Voy a explotar. Los recuerdos se desvanecen, cual pintura carcomida, sin detalles ni colores claros. Necesito verte, sentir que puedes tocarme…urge creer que esto sigue vivo.

Agosto 29

Hoy en la mañana recordé cuando éramos niños y la felicidad con la que jugábamos por las tardes, en aquella enorme casa de tus abuelos…es increíble la vividez de esos sucesos, pero poco a poco se van sepultando en el olvido…

Septiembre 4

 

Es obvio que ahora no me recuerdas. Pasaron los años y cambiamos tanto…ven, aparécete en mis sueños, que yo intento clavarme en los tuyos…ven, aparécete a mi lado…la distancia no es pretexto, y te buscaré.

 

Septiembre 10

 

Ahora entiendo: crecimos y no puedo decirte cuánto te quiero. Eres mi reflejo, dulce compañía inquebrantable, mi heroica bandera de lucha, un sentir…me conoces tan bien y yo a ti, que a veces no necesitábamos palabras para entendernos. La vida nos dejó una deuda que es difícil de saldar.

           

Septiembre 29

 

Es cierto, el matrimonio es el suicidio del amor. Nunca estuvimos bien, me dijiste. Y yo fui un espectador ausente todo este tiempo. Ustedes esperaron algo que nunca supieron qué era, esquivando pero nunca enterrando los problemas. Ahora me toca actuar…puedo aprovechar la oportunidad.

Octubre 2

 

Todos estos días he recordado, una y otra vez todo ello, con el fin de saber qué hice mal, sin encontrar respuesta mientras, el sueño me consume lentamente…sé que había riesgos a seguir, que era probable esa respuesta que no quería. Sin embargo te entiendo, mas no comprendo. No capto cual es la virtud de la que yo padezco, y que él tiene la dicha de poseer…

 

Octubre 5

 

Pude aprovecharme de ti, y no me atreví. Tenía que limpiar tus lágrimas pero no lo hice. Sólo fui capaz de darte apoyo, un empujón a dejar la tristeza, ofrecerte un método infalible contra el dolor, apagando tu enojo, tu furia, relajándote, siempre mostrando una sonrisa completamente franca…

Sólo quiero que dejes de llorar, levantes la cabeza y que no te arrepientas de nada. Tómalo como tu himno, y márcalo en tu frente para que nunca lo olvides. Recuerda que puedes confiar en mí, porque yo voy al punto, y manejo la sinceridad con firmeza.

Y esa misma sinceridad me permite decir: que odio tu rostro abandonado, desvanecido. Que te busqué y no se realizó…buscando sin encontrar, sin tener ganas para volver…detesto ser cómplice de la soledad y permanecer como un simple presente de tu tristeza. He de decirte lo mucho que te aprecio, pues al final de todo eres lo más cercano a lo que yo he querido de alguien. Juro sacarte de ésta.

Octubre 15

Creí que soñaba mal. Pero tus palabras comenzaron a soltar dolor, y yo sólo debí…juro que te quise…no puedo escribirlo, me tiembla la mano…pude, puedo y podría ser…casi la voz del corazón vence al de la razón…

Mientras, he notado que la ventana refleja mi rostro pálido. La altura del edificio, del departamento, es considerable…

Octubre 22

Te vi y no lo creí. Desgastado, melancólico y quebrantador, tu semblante que alguna vez marcó diferencia con su luz se apagó lentamente, como si fuese una vela que de a poco se le acabó la vida…platiqué contigo y sin mostrar mucho interés, te fuiste lentamente. Te alcancé decidido a hacerlo, y tú, volviendo un momento a la vida, me besaste profundamente, tan larga e intensamente que pienso que ahí fue cuando comenzaste a desvanecerte lentamente…

Vuelvo al departamento. La lluvia entorpece la visión hacia el precipicio.

Noviembre 13

Con las hojas marchitas vino tu partida. Fuiste presa de la incapacidad de decidirte a dejarlo y venir conmigo. No fui al sepelio porque sabía que no lo toleraría. Él estaría ahí, y con seguridad lo habría matado yo mismo. Soy un maldito fraude porque nunca pude cristalizar mi promesa, y por eso te has ido, hacia un sueño del cual jamás te desprenderás…

Ahora veo las escaleras en espiral de manera diferente. Pero prefiero las ventanas. En especial la de mi departamento del noveno piso.

La Presencia

Quisiera alguna vez en mi falsa vida zafarme de mis principios, de las reglas e imposiciones que los demás forzan tanto, como si ello fuese placentero, cotidiano, que tenga que ser como un menester.

Lo digo yo, porque viví enclaustrado dentro de los míos, con los de mi raza, postergando siempre lo que quise ser: libre. Los de La Secta se han encargado durante siglos a que permanezcamos limpios, puros. ¿Quién determinó eso? ¿Acaso nunca se preguntaron que conseguirían con la Regla Máxima?Vivir ocultos tras la verdad, ha sido para mí la peor de las maldiciones, más significativa que vivir con los míos, a quienes he odiado durante milenios, cuyas épocas fueron repetitivas, sin sentido alguno mas que el vano hecho de sobrevivir a hurtadillas, acechando a mis presas para extraerles su Sustancia, sin poder apreciar…

…sin poder apreciar ni admirar sus cuerpos livianos, tibios, radiantes de sentimientos que yo jamás apreciaré; sólo he podido gozar de uno, si es que a eso se le puede otorgar denominación alguna: el deseo. Me he quedado impávido, petrificado y con una gran sensación de vacío insospechado, enclaustrado en el sentir imperfecto tras sus ojos risueños, llenos de vida, de un porvenir que augura luz que me llena de sensaciones insospechadas, como un goteo intermitente que pide a gritos ser drenado con pasión, con tus manos livianas y llenas de caricias frenadas por malas experiencias y que yo sería capaz de alabar con súplicas eternas para que toquen mis brazos, para aferrarme yo al instante mismo a tu cuerpo y nunca dejarlo, velarlo día y noche, aunque esto signifique la muerte de mi alma empolvada por el olvido.

La primera vez fue, y será única. Me encontraba en el sentir monótono de la acción que yo siempre me he visto obligado a realizar, odiosamente. Acechaba a mi siguiente víctima, insípida, cuando en la quietud normal de la noche pude percatar tu inconfundible aura, tu andar decidido entre la gente inexpresiva, que no se detuvo a ver la hermosa joya que se arremolinaba en medio de la multitud que esperaba el bus, y yo, congelado y con el pensar estéril, me ganó el impulso de arrancarte la Sustancia con dulce violencia; cambié de opinión cuando tus ojos aterrizaron en los míos, y fue un contraste visible a leguas, los míos tan fríos y distantes, y los tuyos tan llenos de fulgor y energía inigualables, entonces comencé a temblar, y a seguirte el paso.

Dentro del bus, me dediqué a escudriñar a los que nos rodeaban. Gente cansada, harta y apretujada se ceñían en sueños, en libros o conversaciones que no me interesaban. En algunos, provocabas suspenso ante cualquier movimiento que realizabas, por lo cual tus ojos se concentraban odiosamente en aquel que te mirara lascivamente. Pensé que eso debía enojarte. Pero debes de entender que los hombres indignos y los seres como yo estamos siempre ávidos de belleza, de esa desconcertante magia que sólo las mujeres expresan.

Recuerdo que algún día escribí en mis memorias: “Quisiera tener a mi lado una presencia inquietante, que me provoque desasosiego, que llene mis virtudes y mejore mis defectos, para proponerme ser alguien que sé no puedo ser… una entidad capaz de generarme pensamientos únicos, indescriptibles, por donde puedan cabalgar los deseos suprimidos”. En esos días hasta mis propias sombras perseguían a esa entidad que yo tanto anhelaba, sin encontrar recompensa a mi hambriento deseo de olor, sabor, consistencia, calor…mi piel comenzaba a mostrar signos de que ya faltaba sangre en mis corroídas venas, putrefactas de tanto líquido impropio, dicho a esto sangre de víctimas simples, comunes y que no ofrecían nada a mi simplicidad, por lo que solían ocurrirme repentinos ataques de histeria que solía aminorar con más sangre falsa, matando a decenas de personas en una sola noche.

Ya en casa, pude ver que vivías sola, con un perro grande y negro. Su presencia no me agradó. Me incomodó. Esperé hasta media noche, a que durmieras en tu lecho mórbido y blanco que era tu cama.

Si mi timidez no fuese mi primer enemigo…reposabas fina y tranquila, fría como porcelana…yo no sería tan temeroso de equivocarme…tus párpados ocultaban apenas el resplandecer de un sueño pasivo, o talvez inquieto, aguardando lo que te esperaba afuera… y saldría a tu encuentro, resistiéndome a acabar contigo… tu cabello caía como red en la almohada pura que absorbía ideas, pensamientos, sueños…mas eso no podría ser, marcaría mi derrota de nuevo y seguiría mi tortura, infinitamente…tu cuerpo era realmente divino, como hecho por el Sol, tallado por el Viento, teñido por la Tierra, iluminado por la Luna…recordaba a mis doncellas favoritas, muertas todas ellas sobre su cama, ensangrentadas, siempre con la misma expresión en sus rostros…irresistible, quisiera tocarte, marcar con mis dedos un dibujo único, sobre el óleo intacto que es tu piel…de sorpresa, amargura y vacío que dejaban tras su muerte repentina, por la succión inesperada de quien se le arrebata la vida fugazmente…cubierta de una delgada tela blanca…acto seguido se avecinaba el arrepentimiento y mi propia repugnación por el acto cometido, qué asco me doy, soy vil, vil…cada curva, cada poro, cada centímetro de tu ser…doy asco, soy un maldito miserable…aturdido por la belleza fantasmagórica de tu cuerpo, no me resisto acercarme a tu cuello y probar que mis labios toquen, prueben y gocen la espesa sangre que sale de tu tibio ser…

Poco a poco te he estado consumiendo. Esta noche, terminaré contigo. No puedo detener esa ansia por obtener el júbilo de tu vida. Soy incapaz de materializar mis ideales fallidos, aquellos por los que los de mi especie me insultaron, maltrataron y humillaron; yo me salía de sus prototipos de conducta, por ello me catalogaron de idiota obstinado, de buscar una vida sin tener que acabar con otras; y aquí estoy, solo, desde hace cientos de años, porque preferí la soledad a seguir soportando la ideología de la Secta, que es una reflexión inversa, un camino sin otra ruta, una trampa donde jamás hay salida, mas que la del prejuicio, la del engaño, aferrándose a las mentiras y al masoquismo dependiente del dolor, a una agónica tesis que soporta al odio, a la intolerancia y a la incertidumbre.

Por ello, procuro que mis víctimas se dejen extrapolar con mi condición de abandono, para que no pierdan nada relevante al morir. Creo ése es mi mayor deseo pero también mi gran pesar, ya que como dije antes, parece jamás detenerse…creo talvez un día, como éste, me asome por la ventana radiante de luz del cuarto de ésta mi última víctima, ya muerta, y contemplaré el nítido color y la abundante estela de calor que emana el Sol.