Mes: junio 2013

Jugo de Luna

Esta metrópoli te va devorando, lentamente. De noche su instinto cazador te va atrayendo hacia sus inverosímiles luces, ambiguas, monótonas, entre escaparates de prostitutas y alcohol corriendo como río sin frenos entre las avenidas más recurrentes del laberinto de cemento llamado ciudad.

En el bus me doy cuenta de todo ello, observando atentamente cómo la vida de los demás se desarrolla prontamente, atascada de formas atractivas donde la lujuria busca desplazar a la asquerosa monotonía de la gente…

Me he vuelto mezquino y desconfiado desde que te fuiste, no soy un persignado ni mucho menos, tú y yo vivíamos desenfrenadamente un amor tormentoso e intenso, donde los actos de escapismo que hacíamos para irnos a follar eran brutalmente recurrentes. Tú me amabas y yo te lo correspondía, pero,  ¿quién sabe qué diablos nos destruyó?

Creo nos distanciábamos desde el momento que empecé a elaborar recetas para la suerte. Conseguía con un poco de rayos de sol, un puñado de luces de arcoíris y hachís la felicidad instantánea engendrada por la buena suerte. Comencé su consumo de manera muy moderada, inclusive tú empezaste a fumar tantito de la sustancia feliz y nos divertíamos enormemente en el delirio de las sonrisas y carcajadas. Eso nos ponía de excelente humor y nos gastábamos los fines de semana entre las sábanas, tu hermoso cuerpo de seda y las pipas rellenas del líquido de la receta de la suerte. Era maravilloso cogerte con tantísima alegría, qué barbaridad.

Las épocas difíciles para nosotros eran las del invierno, la ciudad se cubría de un frío penetrante que nos mermaba la luz del sol, y las lluvias eran escasas…la materia prima para echar al fuego y hacer parsimoniosamente la receta de la felicidad escaseaba de manera alarmante. Ya no sabíamos que hacer.

Entonces ideamos, ¿lo recuerdas? Una receta para mantenernos enrrollados en la cama. Le echamos a la olla uno de tus mejores juegos de lencería, un par de condones y pensamientos morbosos. ¡Puff! El producto resultaba con mejores efectos si se bebía como si fuera café negro: ardiendo en pasión. Conseguimos una manera más directa con ello de llegar al momento que la mayoría de las veces aterrizábamos con la receta feliz: el sexo. Lo hacíamos de manera salvaje, era puro placer animal.

Llegamos a un punto, tras tres años de andarnos drogando con estos menjurjes, que el sexo nos distanció. Ya no había palabras de amor, ni caricias, ni detalles que enriquecieran nuestra relación. Ésta era una ecuación múltiple con factores que se acomodaban así: droga del sexo/felicidad + nuestros cuerpos= sexo bestial. Y ya. No había más variables, y el resultado era siempre el mismo.

Y fue cuando te marchaste.

Los tiempos de soledad se hacían eternos, largos y laxos, llenos de recuerdos tuyos: tu sonrisa, tu perfume adhiriéndose como calcomanía olfatoria a mi alma, esos labios entreabiertos, teñidos de carmín, separados sensualmente, como esperando una respuesta o un asalto violento sobre ellos para ver cuánto te deseaba… tu pecho ascendiendo bruscamente, reteniendo en una retahíla el aliento consumido en amor…eso éramos,  ¿a dónde carajos se fugó todo?

Comencé a extrañar ese cuerpo liviano, de agua, con el cual solía saciar mi sed indomable, tu espíritu inquebrantable y ese andar tuyo, tan hermoso, tan mío. Ya no distinguía si eras sueño o realidad, te ibas distanciando hasta de lo que yo más hubiese querido, eras una sobredosis perfecta para matarme con un beso bajo la luz crepuscular.

Vacío, vacío, vacío. No había mujer que filtrara a cada célula de mi cuerpo esa pasión desbordada como tú lo hacías. Busqué en otras tu perfume, tu tacto. En una de ellas encontré una gota de sabiduría, en otra una pizca de ansiedad, en alguna desafortunada hallé recónditamente, camuflajeada en buenos modales, una actitud morbosa y sumamente ardiente. Pero nada como tú, nada, eras tan irrepetible…al parecer tu esencia estaba perdida, y yo, planeta errante, buscaba una órbita tan estable como la tuya.

Una tarde de lluvia encontré una foto tuya. Recordé el momento en el que te la tomé: habíamos tenido sexo y tú dormías apaciblemente. Te veías terriblemente hermosa, tan pálida… en mi almohada hallé cabellos de oro, tan largos, tan bellos…

Era de noche y me consolabas, recosté mi cabeza  en tus piernas y ahí me quedé, quieto y mirándote a los ojos plácidamente. Tu cabello era un manto dorado cubriendo mi rostro del exterior: como un manto de amor…

Han pasado horas, días, semanas, ¿o años? Qué importa. El tiempo es inalterable sin ti.

Ya no me muevo, soy un vegetal a punto de morir. Los rayos de sol se desprenden por la ventana y se esparcen por el piso, sin inundarme con su calor.

Las noches son afiladas y  la luna es una esfera melancólica que emana una luz muerta. Con eso elaboro otra poción, la última, la definitiva: la de la muerte. Un jugo de luna.

Ahora el cielo es una esquina estrecha donde no hay vuelta atrás.

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