Alas Enraizadas

La noche cae sobre mí, abrumadora, con un viento terso y pesado. Cayó en un parpadeo, como si tus ojos fueran el cielo y se hubiesen llenado de oscuridad. En realidad, tus ojos si eran el horizonte ascendente, y soñé con el muchas veces. Le conté esto a mis padres y a mis hermanos, y nadie me creyó. Busqué al Chilam al que le tenía más confianza para obtener respuestas. Fui a su nah k’uh. Ya casi nadie en el pueblo confiaba en su trabajo, pues sus adivinaciones de los cielos y mundos que no conocemos eran cada vez más extraños: hombres y mujeres de piel como las nubes, acudían a sus visiones y perturbaban su mente. Lo más raro es que esas personas tenían al ka’an dentro de sus ojos, como la mujer con la que soñaba constantemente. El Chilam dijo que ella vendría a mí, montada en una extraña criatura. Hablaría otro t’aan, y no vendría sola.

-¿De dónde vienen, K’iin?
-De otra costa. O de otro Mundo.
-La mujer con la que soñé, estará en mis brazos?
-Si, y viene a transformarte. Se comerá tu piel, atesorará tu puksi’ik’al, y desearás el suyo.
-Ella, ¿es la Xtabay?
-No sé, los Dioses no quieren enseñarme más. Pero es igual de seductora, te embriagará con dulces palabras.

Desde esa tarde con el Chilam, mis sueños anhelan fervientemente esos ojos. Y ellos me buscan. Chilam quiere saber si mis sueños son visiones de los Dioses; rehusé su oferta, creo que ellos sólo buscan ser crueles conmigo, al dejarme admirar a una mujer que no existe aquí. Una noche el sueño me fue robado, así que decidí ir a caminar.

En medio del camino, estaba un Yaaxté. Sus raíces de serpiente se incrustaban rígidas, poderosas y profundas hasta el mismísimo Xibalbá. Recostada sobre el tronco, una bella mujer miraba las Estrellas. Se percató de mi presencia y me llamó por mi nombre.

-¡Yaax! Ven. Abrázame.

Sus finas expresiones se acentuaron con la luz del conejo y un delicado perfume frutal que de ella emanaba. Sus tiernos labios embrujaron mi vista. Atónito, me acerqué.

-Eres la Xtabay. Lo sé. No vas a desmembrarme-dijo Yaax.
-Eres un joven decidido. ¡Ven! Solo quiero platicar. Contarte sobre la mujer con el cielo en sus ojos.
-¿Y cómo sabes de ella?
-Porque te destruirá.
-Mentira.

Ofendida, la Xtabay desapareció en medio de una niebla endulzada.

Entonces, un día, los Dioses llegaron por el mar. Venían en inmensas casas flotantes, y descendían orgullosos, mostrando la blancura de su piel, reluciendo sus doradas y brillantes escamas.
Al principio, los Dioses buscaban al Halach Uinic. Ellos traían a sus traductores, pues hablaban otro ta’an, como lo predijo el Chilam. Yo no creía que ellos fuesen deidades: la ambición y maldad se colaban en sus gestos, destellaba en su mirada. Entre los supuestos Dioses estaba ella.

Los mismos ojos sam ch’ooch que yo soñé. La misma hechura divina de su piel, las mismas líneas que conformaban un hermoso rostro. Pasó el tiempo y fue inevitable lo que el destino nos tenía previsto. Nos amamos, y a través de su cuerpo, de su contacto y sus palabras aprendí que ni ella ni los otros con los que venía eran los Dioses que esperábamos. También nos enseñamos mutuamente nuestros propios lenguajes.

Tampoco las bestias en las que venían eran parte de ellos, como creíamos. <<Ésas no son casas flotantes, Yaax, son barcos, en ellos viajamos distancias muy largas>> me dijo, sonriendo.

-¿De dónde vienen? ¿De dónde eres?
-Del Reino de España.
-Está lejos?
-Muy lejos, cruzando el k’aak naáb. <en Europa.

Después, mis sospechas sobre las verdaderas intenciones de los blancos se hicieron reales. Mataron por igual a nuestros guerreros y sabios ancianos, violaron a nuestras mujeres, torturaron a los Chilam e incendiaron casas y templos. Luchamos con valor ante los españoles, que traicionaron nuestra confianza y hospitalidad.

Mientras luchábamos fervientemente, buscando sacrificios para los dioses, ella murió entre la multitud y la confusión violenta de mi gente. Dos flechas atravesaron su ligero y níveo cuerpo: una en el pecho, la otra por la espalda. Después de la sangre y la muerte, el Chilam que visité salió de su escondite entre los árboles para ayudarme a enterrarla. Tendría un largo camino hacia los Nueve Mundos Inferiores.

La destrucción de nuestro pueblo era equivalente al dolor que yo sentía. Su partida también se llevó sus palabras, sus manos tersas como el verano que se desprende con el viento otoñal. Se fueron sus sonrisas y su encanto. Su mirada fue a dar al mar, reintegrándose al azul.

Caminé desolado entre cadáveres y olor a muerte. Quería un pacto, y sabía a quien buscar. Llegué hasta el Yaaxché, sin darme cuenta de cómo había llegado. Ahí estaba la Xtabay, llorando. A pesar de su aflicción, no dejaba su elegancia de lado. Hermosa, fría y macabra belleza.

-Es tu decisión, Yaax. Házlo, no te detendré.
-Convócalo. Quiero hablar con él.

Entonces, por el camino. surgió una figura cadavérica. El Señor Descarnado venía a mi llamado. Su silueta esquelética y putrefacta hacía juego con el tintineo de sus collares y pulseras hechos de huesos y cuencas de ojo vacías. Sonrió maléficamente.

¡Señor de Xibalbá! Oh, Señor Descarnado, ha escuchado mis súplicas.

-Yo ya no quiero dejar pasar a ninguno de mis hijos a mis dominios. Pero tú quieres unirte a tu amada por los Nueve Mundos. Es un precio justo.

Así fue como Ah Punch, Señor de la Muerte, me llevó consigo. Atravesé los Nueve y formé parte de mi tierra…me convertí en un largo y fuerte Yaaxché. De esta forma, podría alcanzarla hasta los dominios del Descarnado. Y si no llegase a tiempo, las ramas más altas de mi nuevo ser tocarían los 13 Mundos Superiores, y no habría cielo que me aleje de ella. Y si no la alcanzo, los pájaros que posan mis ramas irían por tí. Surcarían el horizonte superior hasta hallarte, con tal de traerte a mí. Volarán hasta donde el cielo y el mar se juntan para devolverme tu mirada. Traerán tu semilla y crecerás fuerte y poderosa, como alguna vez lo fuiste, junto a mí. Dominaremos el infinito del cielo y las profundidades del Xibalbá. Soportaremos al Mundo, ése que nos pertenece y al que pertenecemos, amor, por toda la eternindad.

*Traducciones de palabras mayas:
-Chilam: “el que es boca”, o mejor dicho, persona que profetiza/profeta.
-Nah k’uh: templo.
-T’aan: lenguaje, idioma.
-Ka’an: cielo.
-k’iin: sacerdote. Muy relacionado con los chilam, pues es un nivel bajo de sacerdote.
-Puksi’il’al: corazón.
-Xtabay: personaje que pertenece a las antiguas e interesantísimas leyendas mayas. Es una mujer hermosa, que suele engañar a los hombres, embriagándolos con su belleza. Después, sus víctimas amaneces muertos, con heridas parecidas a mordidas o rasguñazos propios de una bestia. Si leemos la leyenda completa, veremos que no es un personaje tan macabro.
-Yaaxté: nombre maya otorgado a la ceiba, árbol sagrado que significaba la conexión entre el mundo de los vivos, los muertos y el mundo supremo. Dentro de la cosmogonía maya, eran los pilares de su mundo.
-Xibalbá: el equivalente del Mictlan mexica o el inframundo del mundo occidental. Posee nueve niveles, por donde cada persona al morir debe cruzar para acceder a los 13 mundos superiores.
-Halach Uinic: el equivalente al Tlatoani mexica. “Hombre hecho/hombre al mando”, era el sacerdote de mayor rango, que poseía el cargo de gobernante en la sociedad maya.
-Sam ch’ooch: azul cielo.
-K’aak naáb: mar.
-Ah Punch: dios maya de la muerte. Lo representan como una figura esquelética, en avanzado estado de descomposición. Amo y señor del Xibalbá.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s