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Cirugía de Emergencia

Oye, tu, sí, tu: ven, méteme al quirófano.

Córtame con tu cuchillo de falsedades y rodeos, incide en mi pecho, entiérramelo. Clava con coraje, destruye mi pecho.

Puedes seguir arrancándome las costillas, sepáralas, con tus manos sin limpiar de pecado palpa y observa mi interior oscuro, enmohecido por acumulación crónica de fracasos, errores, desamores y decepciones que una y otra vez me infectaron. Revisa mis entrañas, hay lesiones provocadas por tus desatenciones, por preocuparme por ti, procurar tu alegría a expensas de la mía, a causa de amor con boleto de ida, pero que nunca compró el boleto de retorno.

He perdido el aplomo de antaño, me siento un tanto vacío y falto de interés, de ahí que quiero que sigas separando pedacito a pedacito mi cuerpo, alma y demás. Total, más partido no puedo estar.

Desgárrame, jala todo, tritura mi esencia con una pizca de mi vieja admiración por tu belleza y hazte una infusión con ella. Pruébala (no te espantes si el sabor es amargo, frío y con un dejo de nostalgia), al tiempo que imaginas cómo habría sido el gusto de aquella sustancia de haberme querido.

Finalmente, puedes apresurarte, porque la anestesia del enamoramiento se me va pasando. Diseca, aparta con violencia ese órgano rojo y palpitante, ése que alguna vez galopó al verte, pensarte y sentirte cerca: tómalo, y haz con el lo que quieras. Quémalo, entiérralo, extírpalo de raíz, no quiero que reincida, lánzalo al mar, dáselo de comer a los cuervos.

Ya no lo quiero más.

Hora de la muerte…

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Carta al otro Lado de la Ciudad

Te metiste tanto en mi cabeza que quizá explote. Pienso en ti todos los días, en una gran porción de las horas en las que estoy despierto. También estás en los sueños. Para mi mala fortuna, no son sueños lúcidos. De ser así, mis noches serían fantásticas, pues haría contigo lo que ya no es posible en la realidad.

La ciudad es una extensión vasta y misteriosa, una laguna de recuerdos, un mar de pasos, extensión de largas caminatas mientras charlábamos. Edificios, muros y locales se desenvuelven en torbellino de memorias: son grabados que se quedan eternamente, no sé si me explico, pues los caminos que una vez fueron míos fueron nuestros. Irremediablemente me traen tu recuerdo, y todavía duele.

El viento me da de lleno mientras pedaleo la bicicleta y rememoro que también hiciste tuya esta actividad tan mía, andar en bici. Creo que a partir de ahí volaste lejos en mi interior, comenzaste a sincronizarte conmigo de una manera sutil y deliciosa, devorabas mis letras y mis palabras y me devuelves halagos mezclados con emociones, emociones que yo quiero que sientas, que disfrutes. Escribo para ti y por mí, por el placer de hacerlo y expresar lo que pienso y siento, siempre el camino fue de esa forma.

No quería llegar a pretensiones vastas e intensas contigo de golpe, disfruté el hecho de conquistarte, aunque perecí en el intento. Tampoco puedo obligarte a que me quieras. Mi genética me dicta a nunca rendirme (Nunca Doblegado, Nunca Roto) y a darlo todo siempre, a veces sin medir las consecuencias. Soy intenso y estoy lleno de cicatrices orgullosas, es un sello propio, una característica única, mi marca registrada. Aunque me deje la piel, los sentimientos y todo lo demás en la banqueta, no importa. Has de saber que quizá nunca te encuentres a alguien como yo. Jamás nadie te querrá como lo hice, por más que suene esto a guión barato de cheap flick. Lo mío fue elegante, verdadero, me hizo volar e inspiraste un poema, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo. Fuiste un motor increíble, una razón para despertarme todos los días y desearte una linda mañana.

Me sacabas de onda pues no respondías como yo hubiera querido. No importa, cariño; no puedes darme lo que anhelo. Yo lo di todo. Nunca me ando con tibiezas. Hago las cosas bien o mejor ni las realizo. Así en todos los aspectos de mi vida, baby.

Te quiero tanto que no puedo rechazar tu amistad. Es lo que me ofreces. Pero hoy, después de tres días, sigo sintiendo un vacío que intento llenarlo con música, con libros, con películas y deportes. Aún así el hueco es grande. Por más que excave y vierta no voy a llenarlo. ¿Cuánto tiempo voy a sentirme así? ¿Cómo te sientes tú? Quisiera que vinieras a abrazarme, a decirme que voy a estar bien. En el fondo no soy tan duro como quisiera. Pensé que teníamos algo más por explorar. Es triste, tristísimo que nadie contemple lo que veo en tu persona. Peor que tú no lo veas, pues si te dieras una vuelta por tu ser, exigirías a un hombre a tu altura, alguien que te quiera total y completamente por lo que fuiste, eres y serás. It’s a pity, honey, fuckin’ pity. De verdad, quiero que alguien te desee y admire como lo hice yo, aunque sea una pizca. Lo mereces.

Dejaré que el tiempo diluya todo esto, porque me intoxica, y si no encuentro el rumbo de nuevo, voy a ahogarme. Desconozco si pueda verte como algo menos, no ahorita. Necesito despegarme, ir cortando una por una las fibras que me unen a tu increíble ser. Te tengo en alta estima. Voy a retirarme un rato, quizá largo, de tu presencia…porque me dueles.

Que estés bien. Que encuentres un rumbo seguro. Que te protejan y se preocupe alguien por tu persona. Porque es verdad, aunque tu no lo veas: lo necesitas.

Descenso al Infierno

Dedicado a L. Me diste la idea, como disparo al aire, y nos cayó encima.
Subo a la bicicleta con el anhelo de que el viento se lleve mi pesar. Las dudas se van desanudando a cada pedaleada: un leve sentimiento de calma rocía mis inquietudes. Tengo un terrible presentimiento desde anoche. Ese presentimiento viene con dolor, lento, frío, y entró a mi sueño en forma de pesadilla, cual espada fría y afilada. Sólo me queda el recuerdo de mi vida escurriéndose, esfumándose, dejando hueco el espacio que deben habitar todas las almas. Si no, ¿a dónde carajo vamos al morir? Es verdad que mi vida no ha tenido muchas luces, ni las mejores experiencias. Vida gris, vida rara, difícil, que da bocanadas de aire cada vez que se presentan los problemas correspondientes a mi edad. Soy un hombre de más de 40, me comienzo a cansar más, y mi piel, pelo, todo yo, se trasmuta en un ser más enfermizo y amargado. También es verdad que soy el propio creador de mis desgracias. Hasta pareciera que las disfruto. Casi nunca olvido, exagero, me ahogo en posibilidades remotas y pierdo el piso en ocasiones vanas de amor.
El chiste es sufrir, que el dolor escurra, empape mi adelgazado corazón, infecte pensamientos, congele emociones. ¿Qué sería de la vida sin eso, sin amor? Prefiero mil veces el fracaso sentimental a la perspectiva de perderme todas estas sensaciones. Llego a la estación del metro. El paseo en bicicleta me ha dejado casi sin aliento. Decidí dejar mi Alubike aparcada en el biciestacionamiento del metro y regresar a casa caminando; de todos modos, uso el subterráneo todos los días para ir a trabajar, y al regresar por mañana por la tarde podría regresar pedaleando.
Al día siguiente no puedo levantarme. He dejado de lado mi gusto por pedalear, y con lo de ayer me duelen las rodillas…aún así, logro desprenderme de la cama. El amanecer es patético: un cortinaje gris cubre todo el cielo, sin dejar que la luz de atisbos de su presencia. Logro llegar a tiempo a la estación del metro. No dejo de percibir el calor inusitado al bajar por las escaleras: era algo fuera de lugar para la temporada invernal. Anoche me quedé esperando su mensaje, y esperando me dormí, recordaba yo, mientras bajaba al sofocante metro. La estación está vacía. Sin gente, el ambiente raya en lo tétrico. Una lámpara emite agónicos destellos intermitentes, aferrándose a ser aún útil. Sigo percibiendo el calor proveniente del túnel…el tren llega mientras pienso en la fuente de tan elevada y extraña temperatura… los vagones vienen llenos de gente, todos absortos, todos dentro de una danza sin movimiento coordinado, como una coreografía muerta. Nadie se ve entre sí ni platica, nadie interactúa; ahí adentro, a tantos metros del nivel del suelo, del aire, sus rostros son pétreos, inexpresivos, fríos y sin vida; pareciera si se hubiesen exiliado del mundo exterior por décadas…parecen cadáveres, sí, eso, sin vida: ojos sin atisbo de chispa, en emulación de hoyos negros, hundidos, signo del mayor de los miedos: la pérdida de lo más preciado. Los de aquel vagón ya habían cruzando a lo que ningún ser vivo ha experimentado con total voluntad, pues una vez que un alma se pasa al otro lado del puente no hay retorno. 
No supe cómo reaccionar. ¿Serían divagaciones mías, objeto de mi insomnio, de mi deseo por ella tan enterrado, acumulado? Mis horas de sueño eran cada vez más frugales; había leído que las personas que no duermen lo suficiente inclusive llegan a experimentar alucinaciones. La luz del vagón se va difuminando…¿acaso estoy sufriendo un desmayo? No, mi nublada conciencia todavía es capaz de sentir el calor infernal, las miradas sombrías de los viajeros…de la nada, todos se acercan a mí, gritan, vociferan, articulan sonidos guturales, desgarradores, extienden sus brazos hacia mi cara, jalan mis ropas; uno de ellos cierne sus manos sobre mi cuello, mientras intento zafarme, una jovencita de piel marchita y pelo revuelto me golpea brutalmente en el rostro. El aire se envicia, el calor aumenta, uno de ellos me muerde la mano y otro bebe sangre de una herida que apenas percibo tener…y pensar que hoy le habría dicho a ella que ya no quería saber nada más, me hubiera gustado besarla una última vez…
Aquel día extraño y frío, la policía encontró a un hombre muerto en el andén del subterráneo. Presentaba heridas profundas y putrefactas alrededor del cuello, brazos y manos. Jamás nadie supo cómo murió: las grabaciones del sistema de seguridad del metro jamás captaron la entrada del hombre a una estación, solamente apareció así, de la nada, muerto y herido. Las autoridades cerraron el caso sin culpar a alguien, pues ni el mejor forense de la ciudad pudo desenmascarar a los responsables. 

Desperté en la tibia arena. Tumbado y torcido, en medio de la nada. El amanecer declaraba parsimoniosamente una inocencia sarcástica y brutal, como si en la noche anterior la tormenta no hubiera existido.

Naufragué violentamente. Y ésta es mi historia.

La conocí una noche, en una fiesta de un amigo. Tenía poco que había terminado una relación lastimosamente larga, y en mis planes no contemplaba a alguien más.

La idea era tomar hasta quedarme dormido. El ambiente era bueno y de confianza. Saludé a muchas personas aquella noche, mientras mi vaso se llenaba y vaciaba con singular alegría. Todo iba en orden y nada, NADA se salía de control. Hasta que ella llegó.

Su presencia eléctrica interfirió profundamente mi temprana borrachera. Pregunté quien era. Mi insistencia por conocerla se reflejó en una breve presentación por parte de un conocido entre los dos.

Ella se alejó y yo, absorto y congelado, me resigné a volver con mis amigos. No pude dejar de pensar en ella. El alcohol infló mi valor y la busqué entre la multitud. Bailamos un poco, hasta que le pedí buscar un lugar más tranquilo para platicar.

Resultó ser una mujer con una personalidad magnética para mi. Escritora de tiempo completo, trabajaba actualmente en una novela poco convencional, cuyo objetivo era traspasar las convenciones y arquetipos tradicionales de la escritura. Tal vez ella pensaba que sonreía y afirmaba todo lo que ella me decía por su hermoso rostro. Y tenía un poco de razón. Inclusive podría pensar «el sólo dice si a todo, me escucha pero no opina». En realidad entendía todo pues yo, persona muy asidua a la lectura, no aparentaba ser alguien muy interesante. Me parecía increíble su voz, firme y sin titubeos a pesar del vaivén de su vaso con vodka. Sus ojos parecían reflejar la luz que la rodeaba, y sus labios me engancharon inmediatamente.

Días después la contacté para vernos en un café. Después de tocar temas triviales comenzó a platicarme de su novela, la cual se encontraba atascada. Ya en mis cinco sentidos, le propuse leer un poco de su borrador. Ella accedió, para mi sorpresa.

Hace unos minutos leí una palabra que describía, bajo la perspectiva de un profesionista trabajando en el extranjero, nuestra sociedad: “suciedad”. No pude dejar de pensar en lo que quiso decir esta persona, con un simple cambio de letra: si quiso ofender, despreciar, catalogar negativamente al pueblo al que desgraciada o fortuitamente lo vio nacer y crecer.

Esto lo relacioné a mi reflexión matutina, mientras iba de camino a la escuela, apretujado en medio de un montón de personas que se empujan, insultan y soportan (como pueden) el ajetreo diario del transporte público. A pesar de la música de mis audífonos escuché a un señor decirle a otra persona “y esto es todos los días”, a lo que su receptor le responde “si, ya como mexicanos nos acostumbramos”. Y después vino la frase fuerte: “Y eso que está ahorita tranquilo”.

Sí, yo también sabía que los empujones podían estar peor. Pero no sólo sabía eso. Extrapolé esa leve captura de conversación ajena a algo más profundo. Y el resultado de esa pequeña reflexión da miedo: estamos acostumbrándonos a que todo puede salir peor. A que nos llueve sobre mojado, casi siempre. Bueno, casi siempre no. SIEMPRE.

Luego invariablemente mi reflexión se hizo más larga. El país está hecho un desmadre. Desaparecidos, muertos, cadáveres en fosas, un sistema educativo (el IPN) a punto de perder lo más valioso que tiene, narcoguerras, inseguridad de todo tipo, desempleo, pobreza y encima de todo esto, inundaciones y unas lluvias que dieron el after party bien cabrón, modificando los ciclos agrícolas y dejando en la quiebra a miles de personas en zonas rurales.

Uno prende el televisor y ve un anuncio de la revista Central: una de las hijas de la primera dama en la portada. Una pinche burla. ¿A quien chingados le interesa eso? ¿Alguien compra ese tipo de contenidos superfluos? Mientras los 49 normalistas siguen sin dar pistas de su paradero, esta chica estudia en no se dónde para ser actriz. Así de bipolar es nuestro país.

Con respecto a las movilizaciones (de ayer, hoy y siempre), ¿Con las marchas solucionamos las cosas? ¿Qué es salir a las calles y manifestarse? ¿Pedir justicia? ¿Cerrar avenidas? ¿Quemar y destruir inmuebles e instalaciones del gobierno? ¿Ver quien jode más, si el gobierno o los que bloquean calles y obstruyen el paso y la vida de los demás? ¿Hacer paros, es un acto de exigir justicia, o detener inútilmente las actividades académicas? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué se necesita hacer?

He tenido la oportunidad de salir del DF y ver otro tipo de panoramas, de perspectivas. Pero la mayoría remite a lo mismo: inconformidad, desolación, sentido de abandono. El gobierno nos chinga, sí. A los políticos ¿les importan los paros o manifestaciones? ¡No! Mientras tengan el poder, seguirán siendo corruptos, cerrándose en sus círculos, siendo lo que han sido: un cáncer. Un mal. Una esfera de poder siempre creciente, cínica, inbatible, mentirosa y siempre maligna, celosa de dejar su puesto privilegiado.

¿A quien creer? En dinero y poder, todos y todo es lo mismo, es la misma gata revolcada y de diferentes colores, mas no de matices.

Mientras, seguiremos trabajando. Haciendo lo que nos toca, y bien, hacemos la diferencia. Tengamos criterio, con un ojo en el futbol o en el desmadre de la hija de la primera dama, y con el otro en los periódicos, en los noticieros de su preferencia. Analicen. Reflexionen. Luchemos por hacer todo bien. No al chingadazo. Rechazando el “así estuvo, no hay pedo, lo pago”. Seamos mejores personas. No jodamos al prójimo en beneficio propio. Ahí está el mal mas grande.

Quedan más preguntas que respuestas. Y repito: ¿Qué se necesita hacer, para tener un mejor país?

Son las 5:30 de la mañana. Me levanto de la cama, estiro mis huesos, hay algo que me da comezón. Soy puntual en levantarme, y me despierto primero que ella, siempre. Somnolienta, me sonríe todavía con las sábanas pegadas a su cuerpo. Su tersa mano acaricia mi mejilla, qué emoción. Muestro señal de mi alegría. Y comienza el día.

Desayunamos juntitos porque ella tiene que irse al trabajo. Es una lástima, no la vuelvo a ver hasta la tarde. A veces, hasta la noche. Se despide de mí y yo sólo me le quedo viendo, tumbado en la moqueta azul de la sala. Adiós, Helena. ¿Y qué diablos voy a hacer todo el día, solito?

Como si no lo supiera. Tomo un poco de agua antes de escabullirme por la trampilla de la puerta trasera. El viento y el sol me invaden, la luz es más poderosa, me anima a caminar más rápido. Algunos niños se me acercan, queriéndome tocar. Yo les mantengo la mirada fija, erizo mi pelo y zaz se acabó; los niños no me agradan. Mi tamaño me ayuda, los mantengo con esas simples señales lejos de mí.

Primera parada: la carnicería del señor Pacheco. Ya tiene mi ración de res preparadita, como siempre. Extiende su brazo hacia arriba, y yo hago brincos como desesperado, hago muecas y con eso don Pacheco me avienta el filete. De-li-cio-so. Le doy un lengüetazo amable en su mano y sigo mi ruta.

Por las otras calles se me unen otros de mi Clan. Nos reconocemos, ladramos un rato. A veces vamos al parque a perseguir pájaros o asustar ardillas. Corremos desaforados, sintiendo la libertad. Viviremos para siempre.

Nos cuidamos mutuamente, protegemos nuestro territorio de aquellos que quieren pasarse de listos. Los gatos no entran, simplemente ellos tienen su vecindario y nosotros el nuestro.

Regreso a casa un par de horas antes de que Helena llegue. Creo ella sospecha de mis huidas, pero no me reclama, ni deja de hablarme. Me busca al entrar por la puerta, nos saludamos con tranquilidad y ya. Eso eso todo.

Así pasan los días. Los fines de semana los dos salimos a pasear al parque, sin falta. Yo nunca he visto a Helena con otras personas. Mis amigos del vecindario tienen compañeros diversos, yo tengo a Helena y ella me tiene a mí. Nada más.

Un mal día me sentí extraño. No quise levantarme. Helena, apurada, me miró de manera extraña, y salió deprisa. Yo opté por quedarme acostado en mi cama. Al día siguiente fue igual. Y al siguiente. Y al siguiente. Así durante mucho tiempo.

Entonces Helena me llevó en su auto a un lugar extraño, con personas vestidas de forma extraña. Me manosearon mucho y de repente sentí un pinchazo: de mi patita me sacaron algo caliente. Helena parecía preocupada.

Regresamos a casa. Helena me ha estado cuidando e insiste en que yo coma, pero no tengo hambre. Cada día me he estado sintiendo peor, sin ánimos para levantarme. Eso no es lo más raro, lo que me entristece más es el rostro de mi compañera, acostada en el piso junto a mí, llorando. ¿Qué me pasa, Helena? No insistas, esas cosas que quieres que me coma saben horrible. Sólo quiero estar aquí, acostado, contigo. Sólo quiero que ya no llores. Quiero descansar ya, de una vez, quitarme esta incomodidad y este dolor.

Esta mañana despertamos. Pero yo te veía desde muy lejos…y lloraste, lloraste mucho, amiga. Yo estaba acostado, no me movía, fue raro. Ya no llores, porque hoy, hoy conocerás a alguien especial, estoy seguro. Alguien que llenará el hueco que yo te dejé. No llores, Helena. Espera hoy y siempre, lo mejor.

Ciclos.

Ahora que todo se vuelve más claro en torno a mi futuro, pienso que es al revés.

De esas veces en donde te pones a pensar en lo que haz hecho bien y mal en el transcurso de este año. Y me he dado cuenta que ha sido un año con muchísimas experiencias. Quizás el más enriquecido en este aspecto, en lo que tengo de vida.

Ahora ya quiero cerrar este ciclo. Me esperan cosas y vivencias que debería de haber tenido.

Por eso, dejaré de lado muchas cosas, para entrar de lleno a todo lo que me espera.

El Vigilante

X veía, parado en la estación de camiones, aquel departamento, que se dejaba ver a través de las persianas abiertas. La luz de la habitación era tenue, y de la pared lateral colgaba un cuadro bastante grande, que visto desde el ángulo donde lo apreciaba X, era imposible de distinguir.

Pero lo que siempre veía X con gran interés era a aquella joven, de cabello café oscuro que se enroscaba en finos rizos; a pesar de la altura y la distancia, sus brillantes ojos azules destellaban como la luna reflejada en el mar. De una belleza que rayaba lo intrépido, aquella joven siempre mantenía las cortinas y persianas abiertas, que permitían la vista hacia la avenida, o más bien, hacia la parada de camiones.

A veces, X no tomaba el camión inmediato, y no porque fueran llenos de gente, sino que se quedaba ahí parado, observando cada movimiento de Regina. Sabía su nombre, sus costumbres, gustos, a lo que se dedicaba, todo, como si la conociera de toda la vida. Sin embargo, ni siquiera habían cruzado palabras entre los dos.

Porque X era el espía único. El espía guardián. El espía que en ocasiones abandonaba la oficina por seguir a Regina a todos lados: la escuela, trabajo, compras… era el espía indetectable. Así, tenía un registro de todo lo que le agradaba y molestaba a la mujer.

La primera vez, la vio en el mismo lugar donde él estaba en ese momento. Alzó la mirada, y encontró en aquella ventana a la mujer más enigmática que había conocido. De facciones limpias, claras, de mirada fija, se veía siempre sola, triste… desde aquel día, X se propuso conocerla, pero no de la manera como había terminado de hacerlo. Había planeado ir a aquel edificio, subir al tercer piso, con el número 1150 y tocar la puerta:<< Hola, soy X, y quiero invitarte un café, a cenar, al cine, a donde tú quieras, pues, sabes, quiero conocerte>>. Sí, sonaba descarado, pero X no era nada tímido; era una persona muy intuitiva, seguro de sí mismo: siempre obtenía lo que quería. Así, había asegurado un buen puesto, elogios por parte de su jefe… en sus épocas de colegio, reconocimiento de profesores y respeto de sus compañeros… pero en los terrenos del amor, era el peor. Amores vacíos, tristes y conflictivos lo seguían con una demasía excesiva.

En la oficina, mentía de un amor que sólo existía en su cabeza. Era Regina. Presumía de varios años de felicidad y dicha, obviamente nunca la había llevado con él a reuniones, comidas, cenas ó eventos de la empresa, en cambio, las excusas estúpidas suplían a la invisible, a la imaginaria.

-De seguro, que tu novia es tan fina que ni se junta con tipos como nosotros- le dijeron una vez-. No es eso, sólo que Regina se sentía mal, ya sabes, trabaja y estudia tanto…no sé que voy a hacer cuando el teatrito se me caiga por completo…me veré como un imbécil, nadie me creería nunca…-ya van tres veces que dices lo mismo-reclamó una de las secretarias, mientras tomaba de su cerveza, en un día de ésos, cuando iban al bar acostumbrado- tarada, cállate, ni novio tienes, pinche gorda, ni quien te quiera-.En fin, qué se te va a hacer-hipó el tipo que había iniciado el tema.

Cuando el tema se iba haciendo recurrente entre ellos, X pensó actuar de inmediato. No soportaba recordar los comentarios: …carcajadas……más carcajadas…pero el era un cobarde, y los comentarios eran cada vez más burlones, hirientes, y lo único que provocaban era furia y desconfianza en sí mismo; además, sus tiempos de espía se volvían desesperados, la buscaba y seguía con más frenesí, con urgencia, con motivo de hablarle, pero…

El impedimento eran sus ojos, que se tornaban más azules, negros, verdes, de miel, su mirada cambiaba con el color, el impedimento era su pelo que se volvía cada vez más irresistible, el impedimento era su cuerpo, camino sinuoso y misterioso, tan extraño que costaba trabajo acercarse, el impedimento era su soledad de piedra, el impedimento era su silencio marcado por sus pasos lentos. Su intención murió con su primera mirada, sí, la primera que se cruzaba por fin entre los dos, ahí, en su café favorito, ella, del otro extremo del lugar. Eso era el primer indicio que marcaba su existencia, y sí, también la primera sonrisa que se dirigía a él y que lo cubría con una gloria infinita, mortal; así siguieron cruzando miradas, sonrisas, palabras sin hablar, conversaciones enteras disueltas en una telequinesis etérea e invisible que inundaba todo el lugar.

Entonces, cuando ella salió del café, la siguió. Regina lo notó. Iba camino a su departamento. A pesar de haber sido detectado, y de que estaba siendo seguida por un desconocido, se volvía para verlo, cada vez con una sonrisa. La imaginación de X entonces se despegó, y fue a dar a una escena de ellos dos solos, siendo felices, viviendo en un mismo lugar, compartiendo una vida hasta la muerte; por qué no, hijos pequeños a su alrededor, una linda casa, en fin, una dicha que no era imposible de alcanzar.

Cuando se dio cuenta, subía por las escaleras que conducían a su pieza. Las escaleras eran negras y de espiral, con poca luz. Contó los tres pisos, llegaron al 1150, la puerta se abrió sola, y la oportunidad perfecta apareció.

Cuando X entró, vio a Regina sentada, en una mecedora, leyendo. A su lado había una cuna de terciopelo negro. De repente, notó que las paredes eran blancas, y que no había ningún mueble, a excepción de la mecedora y la cuna. Al fondo, una ventana emanaba una luz que se amplificaba con la blancura de la habitación, volviéndola de una pureza intimidante. Fue cuando Regina se percató de su aparición, y unos ojos en completa oscuridad lo miraron, una mirada tan terrible, tan aprisionadora, que X no la pudo aguantar.

La luz se intensificaba, y ella se acercaba, con su vestido de velo negro, y una desilusión se apoderó de él; notó que sus ojos tenían una rara sensación macabra, vacía y penetrante… sus manos, delgadas y pálidas, alcanzaron sus hombros y subieron hasta su cuello, aferrando las uñas a la piel.

X intentó despegarse. Forcejeó todo lo que pudo, pero Regina no lo soltó. La luz era ahora tan intensa, que lo único visible era la negrura de los ojos de esa mujer y la sangre que corría por el cuello de X, la sangre que le succionaba la vida, y que lo llevaba a una profunda agonía.

Ser (extraño, ajeno)

Amanece.

Despierto de repente y siento que algo me hace falta. Y el espejo me da la respuesta a esa incapacidad de sentirme completo. Hay otro yo, en el otro lado del cristal que según él, me refleja.

Mentira: ése no soy yo. Parece más confiado, más fuerte y astuto. Mucho más temerario, con un ego notable. Se siente fuerte, no hay debilidad en él.

Se viste, puedo verlo, el espejo es enorme. Absurdo, siempre pensé que el espejo se revelaría ante mi frágil y raquítica imagen.

Ahora lo persigo, incrédulo, sabiendo que en cualquier cristal lo podré ver: escaparates de tiendas ridículas, elegantes o inútiles. En el reflejo indemne en los cristales de los autos, en los espejos octagonales de las paredes. Y ahí está él, poderoso, y se dirige a ella…

Y noto cómo se transforma en un toro blanco. Ella lo monta, la secuestra, se van juntos. ¡Se lleva al amor imposible de mi vida! ¡Secuestra a la mujer que amo en secreto! Y cualquier intento de sorprenderlo, detenerlo, no tendrá efecto alguno…

Ahora me declaro culpable (al ser  mi  propia tortura)  tu espía, pernoctar todas las noches y grabarme todos tus movimientos, la comisura de tus labios, esa mirada de relámpago que me das al verme. Ser un simple espectador de lo que no somos, ser el que te desea más que nadie y saber, que no serás nada más. Eres un ser imposible.

Yo decidía ser la gota que recorre tu cuerpo, tu cuello. Anhelo ser el vapor que sale de tu boca, el rayo solar impregnando tu dulce espalda de miel. La Luna volcándose en tus ojos, el velo que los cubre y ahí, en ínfimo espacio, retozarnos en la eternidad fugaz del mundo Onírico.

Envidio los caminos que pisas, alguna palabra dulce tuya dirigida a un tercero, la atención que le prestas y hasta las miradas de complicidad. Transformarme en tu continuidad diaria.  Todo eso quiero ser. Somos imposibles.

Voy a ser el cráter del volcán que emana cenizas de amor, para que se aniden en tu ventana. De ahí, un fénix te cantaría cada mañana.

Ya no sé en qué más transformarme, en qué más ser, convertirme, mutarme. Decido ser todo aquello que te acompañe.

Pero somos imposibles. Está decidido. El que te alejó de mi, lleva la delantera, me ha ganado tu amor.