Cirugía de Emergencia

Oye, tu, sí, tu: ven, méteme al quirófano.

Córtame con tu cuchillo de falsedades y rodeos, incide en mi pecho, entiérramelo. Clava con coraje, destruye mi pecho.

Puedes seguir arrancándome las costillas, sepáralas, con tus manos sin limpiar de pecado palpa y observa mi interior oscuro, enmohecido por acumulación crónica de fracasos, errores, desamores y decepciones que una y otra vez me infectaron. Revisa mis entrañas, hay lesiones provocadas por tus desatenciones, por preocuparme por ti, procurar tu alegría a expensas de la mía, a causa de amor con boleto de ida, pero que nunca compró el boleto de retorno.

He perdido el aplomo de antaño, me siento un tanto vacío y falto de interés, de ahí que quiero que sigas separando pedacito a pedacito mi cuerpo, alma y demás. Total, más partido no puedo estar.

Desgárrame, jala todo, tritura mi esencia con una pizca de mi vieja admiración por tu belleza y hazte una infusión con ella. Pruébala (no te espantes si el sabor es amargo, frío y con un dejo de nostalgia), al tiempo que imaginas cómo habría sido el gusto de aquella sustancia de haberme querido.

Finalmente, puedes apresurarte, porque la anestesia del enamoramiento se me va pasando. Diseca, aparta con violencia ese órgano rojo y palpitante, ése que alguna vez galopó al verte, pensarte y sentirte cerca: tómalo, y haz con el lo que quieras. Quémalo, entiérralo, extírpalo de raíz, no quiero que reincida, lánzalo al mar, dáselo de comer a los cuervos.

Ya no lo quiero más.

Hora de la muerte…

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