Mes: julio 2015

Daños

Hoy recuento los daños.
Dos heridas previas,
una que pudiera abrirse.
Quizá estoy loco,
quizá hoy nos ahogamos.
Mira con qué belleza
me tienes atrapado,
mira con qué delicadeza
me arrinconas desarmado.
El tiempo es una duda,
hojas marchitas, extrañas
un hueco para rellenar
con tu tacto que debo extrañar.
Comprende que deseo de vos
tu misterio, tu magia
pizca de tu alma;
apenas se figura tu sonrisa
y el daño ya está hecho:
cedo ante tal encanto,
¡imposible no adorarlo!
Ella es fresco fulgor 
colgándose por la mañana,
tibio roce, brillante calcomanía
adhiriéndose al campo de sol,
se derrite en la cama
y en medio de la manía
bebería de tu fuente,
adorando soles y lunas
extasiado de valles, planicies
y montañas de tu piel.
Seríamos dos locos danzantes
jugando (ser) amantes,
presas de felicidad,
lejos de inquietudes vanas,
enlodados de sensaciones sagradas.
El fuego besó tu pelo,
arde en viento
serás mi guía, tesoro anhelado,
mi joven dama, faro antiguo
Disipas dudas, miedos,
entre candiles y sombras,
iluminas castillos, recónditos
espacios del interior.
Alimentaré con devoción
tu fuego todas las noches,
levantaría altares, templos
y en el devenir de los tiempos
seré tuyo, tuyo, tuyo,
y serás mía, mía,
mía.
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Descenso al Infierno

Dedicado a L. Me diste la idea, como disparo al aire, y nos cayó encima.
Subo a la bicicleta con el anhelo de que el viento se lleve mi pesar. Las dudas se van desanudando a cada pedaleada: un leve sentimiento de calma rocía mis inquietudes. Tengo un terrible presentimiento desde anoche. Ese presentimiento viene con dolor, lento, frío, y entró a mi sueño en forma de pesadilla, cual espada fría y afilada. Sólo me queda el recuerdo de mi vida escurriéndose, esfumándose, dejando hueco el espacio que deben habitar todas las almas. Si no, ¿a dónde carajo vamos al morir? Es verdad que mi vida no ha tenido muchas luces, ni las mejores experiencias. Vida gris, vida rara, difícil, que da bocanadas de aire cada vez que se presentan los problemas correspondientes a mi edad. Soy un hombre de más de 40, me comienzo a cansar más, y mi piel, pelo, todo yo, se trasmuta en un ser más enfermizo y amargado. También es verdad que soy el propio creador de mis desgracias. Hasta pareciera que las disfruto. Casi nunca olvido, exagero, me ahogo en posibilidades remotas y pierdo el piso en ocasiones vanas de amor.
El chiste es sufrir, que el dolor escurra, empape mi adelgazado corazón, infecte pensamientos, congele emociones. ¿Qué sería de la vida sin eso, sin amor? Prefiero mil veces el fracaso sentimental a la perspectiva de perderme todas estas sensaciones. Llego a la estación del metro. El paseo en bicicleta me ha dejado casi sin aliento. Decidí dejar mi Alubike aparcada en el biciestacionamiento del metro y regresar a casa caminando; de todos modos, uso el subterráneo todos los días para ir a trabajar, y al regresar por mañana por la tarde podría regresar pedaleando.
Al día siguiente no puedo levantarme. He dejado de lado mi gusto por pedalear, y con lo de ayer me duelen las rodillas…aún así, logro desprenderme de la cama. El amanecer es patético: un cortinaje gris cubre todo el cielo, sin dejar que la luz de atisbos de su presencia. Logro llegar a tiempo a la estación del metro. No dejo de percibir el calor inusitado al bajar por las escaleras: era algo fuera de lugar para la temporada invernal. Anoche me quedé esperando su mensaje, y esperando me dormí, recordaba yo, mientras bajaba al sofocante metro. La estación está vacía. Sin gente, el ambiente raya en lo tétrico. Una lámpara emite agónicos destellos intermitentes, aferrándose a ser aún útil. Sigo percibiendo el calor proveniente del túnel…el tren llega mientras pienso en la fuente de tan elevada y extraña temperatura… los vagones vienen llenos de gente, todos absortos, todos dentro de una danza sin movimiento coordinado, como una coreografía muerta. Nadie se ve entre sí ni platica, nadie interactúa; ahí adentro, a tantos metros del nivel del suelo, del aire, sus rostros son pétreos, inexpresivos, fríos y sin vida; pareciera si se hubiesen exiliado del mundo exterior por décadas…parecen cadáveres, sí, eso, sin vida: ojos sin atisbo de chispa, en emulación de hoyos negros, hundidos, signo del mayor de los miedos: la pérdida de lo más preciado. Los de aquel vagón ya habían cruzando a lo que ningún ser vivo ha experimentado con total voluntad, pues una vez que un alma se pasa al otro lado del puente no hay retorno. 
No supe cómo reaccionar. ¿Serían divagaciones mías, objeto de mi insomnio, de mi deseo por ella tan enterrado, acumulado? Mis horas de sueño eran cada vez más frugales; había leído que las personas que no duermen lo suficiente inclusive llegan a experimentar alucinaciones. La luz del vagón se va difuminando…¿acaso estoy sufriendo un desmayo? No, mi nublada conciencia todavía es capaz de sentir el calor infernal, las miradas sombrías de los viajeros…de la nada, todos se acercan a mí, gritan, vociferan, articulan sonidos guturales, desgarradores, extienden sus brazos hacia mi cara, jalan mis ropas; uno de ellos cierne sus manos sobre mi cuello, mientras intento zafarme, una jovencita de piel marchita y pelo revuelto me golpea brutalmente en el rostro. El aire se envicia, el calor aumenta, uno de ellos me muerde la mano y otro bebe sangre de una herida que apenas percibo tener…y pensar que hoy le habría dicho a ella que ya no quería saber nada más, me hubiera gustado besarla una última vez…
Aquel día extraño y frío, la policía encontró a un hombre muerto en el andén del subterráneo. Presentaba heridas profundas y putrefactas alrededor del cuello, brazos y manos. Jamás nadie supo cómo murió: las grabaciones del sistema de seguridad del metro jamás captaron la entrada del hombre a una estación, solamente apareció así, de la nada, muerto y herido. Las autoridades cerraron el caso sin culpar a alguien, pues ni el mejor forense de la ciudad pudo desenmascarar a los responsables.