Mes: mayo 2015

LenguajeNatural/Del Cielo

Al atardecer, el viento se mece pesado en esta época del año, como aturdido entre la espesa inmensidad urbana. Percibo que la gente camina sin detenerse, casi en automático, frenéticamente. Mientras, puedo decir que hoy definitivamente “mi condición”, como la he denominado, ha culminado. Fue repentina, como golpe fulminante, estocada mortal, sin tregua ni piedad. Comenzó hace un par de días, coincidiendo con una etapa de mi vida muy ajetreada, tan desgastante… tanto tiempo luché por ese puesto, demasiado trabajo, mucho para nada… el trabajo me absorbía. El contacto con las personas que amo es prácticamente nulo; alegaba no tener tiempo. Mi mayor interacción con el mundo era a través del smartphone y la computadora de la oficina. Y ya. Bueno, he de decir que en el trabajo convivo diariamente con personas: contratistas, jefes de personal, empleados. En ellos no hay más allá que formalidad y frases de cortesía hueca, que abrían oquedades para llenarse de contratos, cifras y firmas.

Sin avisar, ayer por la mañana empeoró. Quise saludar en las escaleras (extrañamente) a la vecina, cuando nunca lo hago. Y no pude. Una sensación de quedarme callado emergió de no sé dónde. Ella me miró, extrañada, percibiendo aquella inusitada intención. Después, esa misma mañana, al reportarme con mi jefe de piso, me quedé helado, mudo, ahí parado en la entrada de su oficina. Las palabras se quedaron atoradas en mi boca, cayendo a un precipicio hondo y oscuro, desconocido. Tampoco él supo interpretar mi silencio. Con un ademán raro de la mano me permitió marcharme.

Con terror y extrañeza, huí y me encerré en mi cubículo. ¿Qué demonios estaba pasándome? Ni siquiera un susurro, una sílaba podía extraer. Mis cuerdas vocales eran inexistentes, débiles, cortadas por un silencio implacable, sublime, ascendía por mi garganta y eliminaba de tajo una de las mejores expresiones humanas: mi voz. Presa del pánico, me encontré abriendo la ventana de mi espacio de trabajo. Sofocado, buscaba el viento, como si éste fuera el responsable de haberse robado el habla. No encontré alivio hasta salir por completo del edificio de oficinas. Aunque ya lo había intentado dentro, el viento de la calle aquella mañana era más ligero aquel mediodía y poco a poco despejó mi miedo y frustración…

Y de la nada, el sonido de los pájaros se hizo más fuerte. Los perros que paseaban con sus dueños hablaban entre sí, casi les entendía. Las hojas se mecían inquietas y alegres en sus ramas; los árboles lo agradecían. Un levísimo aroma a ozono anunciaba elegantemente una cercana llovizna. Mis percepciones estaban diferentes, que me partiera un rayo si no era así. Sin encontrar una razón aparente, tenía un deseo ferviente de ir a un parque, donde hubiera más árboles y pájaros, sobre todo pájaros. Conocía uno muy pequeño y tranquilo a tres cuadras de ahí. No había nadie en el pequeño parque. Y los pájaros comenzaron a hablarme, primero en leves sonidos y después en alegres gorgoteos. Fui cautivo del portento y gravedad de las palabras de los árboles. Los dioses parecían susurrarme a través del movimiento de las ramas cautivadas por el aire. Aire, aire, AIRE. Aquella forma de recibir, de sentir la naturaleza era inhumana. Jamás había experimentado algo similar.

¿Cuánto tiempo habría pasado ahí, sentado en la banquita del parque? No sabría decirlo. El tiempo mutaba al ritmo de las hojas caídas. Al canto de las aves. Y con la pérdida de percepción del tiempo, perdí mi cuerpo humano. Sin sentirlo, sin consentimiento, mis brazos se hicieron alas, mi piel adelgazó y me salieron plumas, mi boca se secó y un pico anaranjado emergió. Mis huesos se aligeraron. De mi voz (antigua) sólo quedó un tono grave, una vocalización que me dio un lugar en mi nueva familia de aves.

Ya no era humano. Sólo en mente, quizá. Ahora hablo el lenguaje natural. Me uní a la voz celestial, aprecié y reencontré desde aquel momento lo más esencial, lo más reptiliano de la vida, aquello que los humanos hemos desdeñado: la naturaleza.

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