Mes: marzo 2014

Son las 5:30 de la mañana. Me levanto de la cama, estiro mis huesos, hay algo que me da comezón. Soy puntual en levantarme, y me despierto primero que ella, siempre. Somnolienta, me sonríe todavía con las sábanas pegadas a su cuerpo. Su tersa mano acaricia mi mejilla, qué emoción. Muestro señal de mi alegría. Y comienza el día.

Desayunamos juntitos porque ella tiene que irse al trabajo. Es una lástima, no la vuelvo a ver hasta la tarde. A veces, hasta la noche. Se despide de mí y yo sólo me le quedo viendo, tumbado en la moqueta azul de la sala. Adiós, Helena. ¿Y qué diablos voy a hacer todo el día, solito?

Como si no lo supiera. Tomo un poco de agua antes de escabullirme por la trampilla de la puerta trasera. El viento y el sol me invaden, la luz es más poderosa, me anima a caminar más rápido. Algunos niños se me acercan, queriéndome tocar. Yo les mantengo la mirada fija, erizo mi pelo y zaz se acabó; los niños no me agradan. Mi tamaño me ayuda, los mantengo con esas simples señales lejos de mí.

Primera parada: la carnicería del señor Pacheco. Ya tiene mi ración de res preparadita, como siempre. Extiende su brazo hacia arriba, y yo hago brincos como desesperado, hago muecas y con eso don Pacheco me avienta el filete. De-li-cio-so. Le doy un lengüetazo amable en su mano y sigo mi ruta.

Por las otras calles se me unen otros de mi Clan. Nos reconocemos, ladramos un rato. A veces vamos al parque a perseguir pájaros o asustar ardillas. Corremos desaforados, sintiendo la libertad. Viviremos para siempre.

Nos cuidamos mutuamente, protegemos nuestro territorio de aquellos que quieren pasarse de listos. Los gatos no entran, simplemente ellos tienen su vecindario y nosotros el nuestro.

Regreso a casa un par de horas antes de que Helena llegue. Creo ella sospecha de mis huidas, pero no me reclama, ni deja de hablarme. Me busca al entrar por la puerta, nos saludamos con tranquilidad y ya. Eso eso todo.

Así pasan los días. Los fines de semana los dos salimos a pasear al parque, sin falta. Yo nunca he visto a Helena con otras personas. Mis amigos del vecindario tienen compañeros diversos, yo tengo a Helena y ella me tiene a mí. Nada más.

Un mal día me sentí extraño. No quise levantarme. Helena, apurada, me miró de manera extraña, y salió deprisa. Yo opté por quedarme acostado en mi cama. Al día siguiente fue igual. Y al siguiente. Y al siguiente. Así durante mucho tiempo.

Entonces Helena me llevó en su auto a un lugar extraño, con personas vestidas de forma extraña. Me manosearon mucho y de repente sentí un pinchazo: de mi patita me sacaron algo caliente. Helena parecía preocupada.

Regresamos a casa. Helena me ha estado cuidando e insiste en que yo coma, pero no tengo hambre. Cada día me he estado sintiendo peor, sin ánimos para levantarme. Eso no es lo más raro, lo que me entristece más es el rostro de mi compañera, acostada en el piso junto a mí, llorando. ¿Qué me pasa, Helena? No insistas, esas cosas que quieres que me coma saben horrible. Sólo quiero estar aquí, acostado, contigo. Sólo quiero que ya no llores. Quiero descansar ya, de una vez, quitarme esta incomodidad y este dolor.

Esta mañana despertamos. Pero yo te veía desde muy lejos…y lloraste, lloraste mucho, amiga. Yo estaba acostado, no me movía, fue raro. Ya no llores, porque hoy, hoy conocerás a alguien especial, estoy seguro. Alguien que llenará el hueco que yo te dejé. No llores, Helena. Espera hoy y siempre, lo mejor.

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