Mes: diciembre 2014

Presagios Funestos

Había estado soñando extraño desde hacía varias lunas. Y durante el día se hubiera podido jurar que lo que estaba haciendo u observando en ese momento ya lo había realizado con mucha anterioridad. Estas visiones perturbaban su carácter, puesto que su vida era aburrida, tediosa y muy normal, cosa que le agradaba, pues le reconfortaba tener una armonía imperturbable, ordenada y tranquila. Incidencias como los deja vus le inquietaban, rompían brusca e inesperadamente la quietud de su vida.

El señor F trabajaba en un complejo de oficinas para una importante aseguradora. Su habilidad con los números y con las computadoras lo colocaron en puestos decisivos. Amaba su trabajo, le mantenía ocupado mentalmente. F era poco sociable, desde sus tiempos como estudiante en la Universidad pensaba que las relaciones con otras personas interferían con sus metas. Esa mentalidad permaneció intacta y cómodamente afirmada en su vida actual como profesionista.

En la oficina lo veían con respeto, pues su ascenso había sido rápido y apantallador; pero a nivel personal lo consideraban un freak: nunca iba a las reuniones outwork, no se arrinconaba con el grupo de fumadores ni con los amantes del futbol que eufóricos comentaban los sucesos deportivos del fin de semana. Era un foreveralone que contaba con la exclusiva compañía de su MacBook.

Los días seguían su curso y los sueños comenzaban a hacerse más perturbadores. Al inicio F simplemente caminaba por el borde de un precipicio. El abismo era oscuro e indescifrable, sin avisarse el fondo por la negrura de su profundidad. Ante el avance de las noches caminaba más sobre el borde, siempre despacio, siempre cauto por no caer…en el sueño la posibilidad de la muerte era inminente pero acogedora…al despertar, la simple idea le aterraba. Despertaba empapado en un frío sudor, que aguijoneaba su nuca y hería su orgullosa forma de ver las cosas que no se podía explicar con algoritmos o razones científicas. No controlaba los temblores ni la sensación aún fresca del vacío del sueño. La visión era macabramente real, vívida y cruel.

Por las mañanas intentaba olvidar todo aquello, aferrándose a su rutina de toda la vida: bañarse, regar las plantas, revisar las noticias en la tablet mientras desayunaba, para después pasar por un café bien cargado y tomar el bus. Ante la asfixiante multitud apretujada en el transporte, F se coloca los auriculares y así intenta ignorar todo aquello. La música es de las pocas cosas que F consideraba variable, pues escuchaba diferentes géneros conforme su estado de ánimo.

En el momento de entrar a su cubículo un deja vu lo sorprende. Y tiene al menos en ese día otro par más.

Las semanas vuelan y los sueños comienzan a mezclarse con la realidad. El precipicio alcanza sus pies y resbala dócilmente hacia la nada. La muerte lo abraza, fría y afilada muerte, llévame, le susurra él. Antes de tocar el fondo y estrellarse abruptamente se despega del sueño. Tan vívido, tan nítido y sofocante…la pesadilla se convierte en obsesión repulsiva, F se aterra al llegar a casa y saber que la noche irremediablemente conlleva el dormir. Jamás se había pasado por alto sus horarios nocturnos, ni siquiera en los tiempos de Universidad. Recurre al café cargado, a horas sentado viendo la televisión por las noches. Teme dormir y tener aquellas terribles experiencias.

Duda si ha perdido la cordura. En el trabajo su jefe le recrimina su inusitada falta de concentración. Todos notan su nerviosismo, sus ojeras kilométricas y su andar vencido. “F está jodido, F se ha metido en drogas” y cosas peores comienza a escuchar en torno a cuchicheos y bromas pesadas de sus compañeros.

Odia a todos, odia a esas malditas pesadillas y a su orgullo que lo obliga a aferrarse a no pedir ayuda. Sus horas de sueño se hacen cada vez más raquíticas. Y los deja vus no paran, son reflejos de la realidad alterna, un espejo maldito que replica todo, infinitamente. Y en medio de ese reflejo está él, solo, aturdido y sumamente cansado.

Un fin de semana por fin acepta que la situación no mejorará por arte de magia y agenda una cita con un destacado psicólogo de la ciudad. Una amable y bonita recepcionista lo recibe en el lobby y le dice que suba al séptimo piso. Sube por el ascensor, el cual tiene cubierta cada pared de espejos. Eso lo inquieta. El ascensor es lento y repiquetea constantemente. Muy cansado, F casi no se da cuenta cuando se queda dormido de pie, como los pájaros en las ramas. Lo último que ve es su reflejo repetido muchas veces en el espejo del elevador: otro deja vu, el último, el definitivo, que se multiplica terroríficamente. Una negrura absoluta lo envuelve, es pesada, sofocante, y siente como sus pies pierden el piso y el vacío se apodera de su cuerpo.

La policía lo encontró muerto en el elevador.Las autoridades no se explicaban la muerte de un hombre tan joven, puesto que la única evidencia particular de la necropsia era su rostro desencajado y con los ojos cerrados, como si se hubiera quedado dormido para siempre.