Erase un señor, el Sr. J, que poseía el don, de nacimiento, de poder almacenar en su petaca recuerdos, deseos, anhelos, alegrías, tristezas, emociones multicolores. Un día, acumuló tantas de éstas riquezas que decidió ponerlas en venta. Se colocó en una avenida transitada de una ciudad caótica, y sentado en un banquito de tres patas, con la petaca en el suelo y un letrero de cartón y letras verdes en plumón: <<Se venden anhelos, recuerdos, felicidad y una que otra desdichada desgracia>>.

Entonces su primer cliente fue un hombre dudoso. De apariencia frágil, chata y nerviosa, le pidió un poco de seguridad. Se lo compró con un manojo de dudas y de temores. El tipo posteriormente logró muchos objetivos, como lograr un ascenso y separarse de su esposa controladora.

En la tarde se le acercó un individuo que buscaba deshacerse de recuerdos. Éste pagó una fuerte suma de valor corrompido y arrepentimiento, y no era para más: era un exconvicto que había asesinado a una familia completa, y buscaba eliminar los rostros de miedo y desesperación de sus víctimas antes de morir.

Al otro día en cuanto a ganancias le fue muy mal al señor J. Sólo lo abordó un individuo que se identificó como un político acaudalado. Quería un poco de humildad y sentido común, el cual éste último le costó muy caro: orgullo.

-¿Y cuál es la razón de tan caro precio? -le espetó el político.

-Hay poquísimo sentido común en la gente, no lo usa mucho y escasea siempre -le contestó con total sinceridad el Sr. J.

Convencido de que ésta era una transacción que le haría ganar adeptos y simpatizantes (además de la aprobación de su terapeuta) el político accedió.

El Sr. J aún tenía la petaca rebosante. Temprano al otro día se colocó en su sitio de costumbre y una joven, guapa y deslumbrante, le preguntó si tenía aunque fuese una pizca de inteligencia. Para su suerte, el Sr. J lo guardaba en un frasco de cristal, muy frágil y pequeño. No se resistió en cuestionarle el uso que le pensaba dar a la inteligencia.

-Es que busco que el chico que me gusta se acerque a mí. Él ve en mí una mujer muy atractiva, pero lo que realmente busca en una mujer es un pensamiento crítico y libre, no una nariz perfecta o una silueta hermosa. Busca con quien conversar horas y horas y nunca aburrirse. Anhela una compañera de vida que lo rete intelectualmente, que lo inspire a construir poemas difíciles, no quiere un poco de piel que ante los años ceda al olvido.

Y así fue como esa pizca de inteligencia se vendió, con un motivo igualmente inteligente.

Una dama de edad madura lo buscó para conseguir lo contrario: belleza. Sus razones eran válidas: era muy astuta, veraz y elocuente; sin embargo, muy pocos hombres veían en ello cualidades que valieran la pena, y buscaba atracción física que le permitiese, antes de que fuese muy tarde, conseguir con eficacia intelectual y la pizca de perfección facial a un hombre con quien pasar sus holgados días.

Aún así, supo después el Sr. J, que le costó trabajo a la dama de edad madura obtener su propósito.

Los días pasaron y el Sr. J siguió vendiendo sonrisas, llantos atascados con coraje, olvidos, suspiros y falsedades; métodos para deshacer nudos en la garganta, infusiones contra los malos pensamientos, collares anti-sollozos, frascos de picardía, bebidas que daban valor e inciensos inspiradores.

La maleta del Sr. J se iba vaciando, agónicamente. Sólo le quedaba vender algo, especial, aplastante, definitivo, lo único verdadero.

Un hombre de edad media lo abordó una tarde gris, de ésas que reflejan un sentir incómodo, pesado.

-Busco algo que me retire el miedo. Tengo pesar de perder mi trabajo por un error, mucho esfuerzo he invertido en él para conseguirlo. Tengo miedo que la mujer que amo me rechace. Tengo miedo de que algún día nadie me ame. El miedo corroe mi autoestima y siento que estaré solo para siempre. Tengo miedo, en general, al fracaso.

Entonces el Sr. J sacó un frasco de fármacos.

-¿Fármacos?

-Sí.  Una sobredosis será buena. Suficiente.

-¿Qué me provocará? -Preguntó ansioso el hombre.

-La Muerte. La Muerte Chiquita. Ésa manera de morir para el que no quiere vivir. El que teme al fracaso le teme a la vida misma.

Y así, se vendió el Último Producto, como única solución irremediable para el tímido hombre. Hasta la fecha, no se sabe si el individuo ingirió las drogas; pero se sabe que el Sr. J ahora vende por lúdicas cantidades de dinero muchos libros, alimentando el espíritu, la imaginación y el valor de muchas personas, dándole poder al maravilloso mundo de las letras.

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